jueves, 6 de julio de 2017

Poesía segunda.

Cada día vuelve a crecer la casa desde su semilla renovada.
Los trinos de cien gorriones
forman una nube cascabelera de esquirlas y cristales,
de oro y de verdor.
Cuya sombra, tan de terciopelo como la sombra del mundo, entra por las rendijas de la ventana para aglutinar, con porosa y envolvente dulzura, los fragmentos, —extraviados de otro modo, en desbandada— del sueño de la mañana, ahogada en su fría extemporalidad.
La cama viajera, el bostezo antiguo de un armario —agridulce vaho— y el solemne giro del amanecer perfilan la figura paterna. Pero «padre» y «anoche» son la misma cosa.
Cae una aceituna joven de un viejo olivo y el pasto fraternal la acoge, la abraza amortiguando su caída, mas no la hiere porque está reblandecido, algodonado de negrura, de rocío, de besos estelares.
Padre: «Anoche».
La madre murió de amor, y los hijos líquidamente se han derramado por el brillante mapa de la Tierra.

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