jueves, 6 de julio de 2017

Poesía quinta.

Se alza allí una geografía destartalada
que no brinda su belleza al transeúnte,
sino al que espera una respuesta meditada
sentado en un poyete impersonal
mientras mira o a las hormigas o a las nubes.
Corralones, almacenes, escombreras,
secos esqueletos de arbolillos
azotados por el viento polvoroso
que aletea en el pálido rumor de la ciudad.
Pasa un hombre barbudo y con sombrero,
al cual siguen el silencio y treinta perros cabizbajos:
«buenas tardes», «buenas tardes».
Ningún can ni el silencio se dan por aludidos.
El arrabal reseco señala hacia la altura, lentamente.
Hacia El Muriano, sierra cubierta de hojas y enramada
sombreando de azul tenues arroyos.
No voy solo. Voy sin mí.
Va más el califa omeya de Occidente
y cierto concejal del Frente Popular
criado a los pechos de mi abuela.
Va un pastor, y tras él muchachas cantarinas,
esclavos desencaminados van. Van multitudes.
Y eso sin contar a los que irán,
muchedumbres ayudando a muchedumbres,
todos llevando a cada uno como amigo.
Pienso que pensaba Abderramán mirando a Córdoba:
«mi ignorancia es más grande que esta Vega».
Y pensando lo pensado vuelvo, si triste,
agradecido al menos a las piedras del camino,
a cómo fijan los pasos consumados
Notario transparente el río,
con su rúbrica hidráulica dictada por la urgencia
quiere, mas no puede, dar de la jornada ansiosa fé, y desesperada.
Ahora a la ciudad la aplastan con su ingravidez
aéreas columnas apenas bosquejadas,
postes de nube transida a borbotones
por los dedos de bullente oro vespertino.

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