jueves, 6 de julio de 2017

Poesía primera.

Ante la urgencia de escribir,
ante el apremio del adiós
que desde las uñas de la flor garabatean sus pétalos y ya sueñan en el aire.
Respirando con ansiosas bocanadas una suave amargura transparente.
Lanzado al torbellino de inaudibles palabras, aunque imantadas.
Él contigo, elevando a la orilla del río una arquitectura desvanecida ya antes de su reflejo, antes de que la corriente verbal la asimile y traduzca, la torne en risa, beso, lágrima.
Frente a lo efímero, lo amarillo
que se abisma tras el engaño
de las cosas crueles —tu casa que es la mía, una mesa, un clavo, el brillo apagado del metal, el crujido del pan— ¡el pan mascado en la boca sana! ¡los garbanzos tiernos, desgajados entre las muelas húmedas!
De las crueles cosas que representan en el teatro descolorido, resonante en la oquedad
de sus escenas sordas, la parodia extraña de la muerte viva, el simulacro absurdo de la vida muerta.
Salir a la puerta, dar cazos de agua temblorosa a los fantasmas rientes,
inmaterialmente felices, no sedientos, pero acaso tenuemente mordaces, amortajados apenas de sarcasmo paternal.
Sí, en cambio, sedientas las palabras, reseca la voz como estertor de una hora redonda sin bordes ni pestañas, o cascada de arena derrumbada, o como reflujo de océano caliente, como hervor del viento alicaído.
Y tras la urgencia de escribir, la pesadumbre ineluctable de lo escrito.

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