domingo, 16 de julio de 2017

Poesía octava.

Es muy temprano ahora,
y al fondo del corral un pájaro mañanero
ensaya frasecitas segmentadas,
ajeno él al discurso que hoy por hoy
se irreconoce en otros tiempos,
cuyas formas dejaron a los ademanes trémulos,
y absortas a las palabras.
Sí, no faltaría más.
Porque en el pretérito,
las formas gráficas se deshacen mansamente,
acariciadas por el roce ventoso en el papel.
He empleado una semana
(vivida o por vivir, que da lo mismo)
para cada oración,
Este párrafo me llevó un año
(pasado o futuro, tanto da).
Por cada palabra una hora.
Y cuando la armonía del instante refracta
—diríase rayo de sol sobre el barniz de antiguo mueble que agoniza en un rincón—,
el desconsuelo da un beso al incansable buscador del nervio,
que grita por sus corredores polvorientos
a un niño sordo que se fue exactamente,
como solamente se va la inocencia exacta.
Niño que fui,
a pesar de lo temprano de la hora.

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