domingo, 16 de julio de 2017

Poesía décima.



El alcalde de Mineras es un hombre pequeñito,
que no se mete con nadie.
En la taberna, en días alternos,
se bebe un vaso de vino.
Cuando en un acordeón expira
casi irremediablemente lenta una lenta melodía palidece,
se le empaña la mirada
verde pálida, de pálida huerta mojada.
Acontece alguna vez a media tarde
de cielo espeso de nubes, que, en la altura,
un dulcísimo desgarro a la vez triste, cede al sol,
bañando de oro,
la mirada del alcalde de Mineras.
Poca cosa que añadir a esta crónica insulsa y desganada.
Que al amanecer con niebla
le duele el hombro derecho,
aunque no lo sabe nadie.
En el barandal del puente, asomado, el alcalde se lo calla, ¿para qué?
Mineras no es nada más:
un dolor,
niebla y tristeza,
el puente sobre las huertas
empapadas de rocío,
y, —de vez en cuando—, el torrente melancólico de luz,
espectral,
inconcebible,
a través de las nubes desgarradas.

(Abril de 2017)

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