jueves, 6 de julio de 2017

Poesía cuarta.

La carne blanca y la vena azul te visten,
estrellas generosas iluminan tu sendero.
Por eso a tu paso oleadas de frescura
besan de dentro a afuera las casas anhelantes,
habitadas de vibrante oscuridad, negrura espesa.
Y barren estridencias pedregosas, angulares,
que el descenso de los siglos arrojaron por las calles.
Es fácil ser bueno bajo tus ojos protectores.
Por eso. Por todo eso y por tu sombra. Porque la belleza
esparcida, promesa de cereal dorado
que prodigas trascendiendo los sentidos,
podría ser heridora en su honda libertad.
Pero no. Y ahí está la llave de la calma
y la silente apertura de la paz.
Carente de extravío, acabada, ajena a cualquier necesidad,
refractaria.
Esta noche atiendo tu llamada.
Vuelvo al pueblo, recogido y claro.
El horizonte lo recorta, todo él en redondo
como un párpado que trasluce
el "acércate" limpísimo, el impoluto "ven".
Quiéreme.
(Marzo, 2017).

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