domingo, 27 de agosto de 2017

Ramón Oliver


                                                           Mi abuelo, Ramón Oliver.


Hoy, querido perro, me ha salido el arroz durillo, he tenido que masticar con ganas.

Mientras cuchareaba, un tren de recuerdos se deslizaba en mi cabeza.

Íbamos hace tiempo de paseo por el senderillo de la Hijuela de la Gitana, a la diestra Castilleja, a la siniestra Camas. Hacia este último término se extiende hasta el horizonte, ondulante, una campiña todavía no muy fragmentada por modernas construcciones.

Evolucionando a lo lejos un caballista sobre los rastrojos levantaba nubecillas de polvo rojizo. Cuando estuvimos más próximos ví a qué se dedicaba. Había pensado que era el mismo de otras veces, destacado como vigilante porque a estos sembrados de grano suelen meterle fuego casi cada año la canalla excursionista, la ciclista o la paseante que circula por el caminito a todas horas, pero en esta ocasión no era tal, sino un payasete vestido a la andaluza con chaquetilla corta, zajones y sombrero de ala ancha, sobre un bello animal color café con leche claro. El idiota se dedicaba a hacer que su montura diera saltitos sobre los tallos recién segados, y de vez en cuando se quitaba el sombrero con la diestra, se lo ponía en el pecho, inclinaba la cabeza, y obligaba al cuadrúpedo a girar sobre sí. "¡Ya está", me dije: "un caballista de salón, o lo que es peor, un taurino rejoneador ensayando sus crueles mamarrachadas". Me dieron ganas de hablarle, de decirle: "oye, payaso, lárgate, estas tierras son más mías que tuyas".

En efecto, la estampa clásica del campesino reclamando el fruto de su trabajo se representó entonces ante mí con la urgencia de la indignación. Si la tierra es de quien la trabaja, como de hecho debiera ser, mis pensamientos tenían una gran lógica. Aquí sudaba mi abuelo su jornal día a día. Como quiera que la población cameña queda a bastante distancia, —al contrario que la castillejense—, solían los terratenientes contratar a los labriegos que viviesen más cerca, así que toda esta zona la labraba gente de Castilleja . Venían en cuadrillas y se pasaban de sol a sol en el terruño, haciéndose ellos mismos el almuerzo en una olla sobre unos pedruscos a modo de trébedes. Uno ejercía de cocinero y cierto día, preparando un arroz, no tuvo mucho éxito que digamos. Probaba y probaba con su cucharón mientras hervía el recipiente y los granos no daban muestras de reblandecimiento. La única solución que se le ocurría era echarle más aceite, volcándole la garrafa. Cuando ya se rindió y repartía a cada cual su ración, mi abuelo, al paladear la suya, comentó con sorna: "ya tenemos perdigones para todo el año".

domingo, 16 de julio de 2017

Poesía décima.



El alcalde de Mineras es un hombre pequeñito,
que no se mete con nadie.
En la taberna, en días alternos,
se bebe un vaso de vino.
Cuando en un acordeón expira
casi irremediablemente lenta una lenta melodía palidece,
se le empaña la mirada
verde pálida, de pálida huerta mojada.
Acontece alguna vez a media tarde
de cielo espeso de nubes, que, en la altura,
un dulcísimo desgarro a la vez triste, cede al sol,
bañando de oro,
la mirada del alcalde de Mineras.
Poca cosa que añadir a esta crónica insulsa y desganada.
Que al amanecer con niebla
le duele el hombro derecho,
aunque no lo sabe nadie.
En el barandal del puente, asomado, el alcalde se lo calla, ¿para qué?
Mineras no es nada más:
un dolor,
niebla y tristeza,
el puente sobre las huertas
empapadas de rocío,
y, —de vez en cuando—, el torrente melancólico de luz,
espectral,
inconcebible,
a través de las nubes desgarradas.

(Abril de 2017)

Poesía novena.

Olivar del Morisco,
viento en las ramas,
amapolas sin hojas,
charca sin ranas.
Pasa un cortejo:
brillantes calvas
y algún lamento.
Y en el camino
de polvo yerto
la chumbera y su sombra
oyen al muerto.
Olivar del Morisco
y del silencio.
El mosto en la taberna
hierve en febrero.
Blancura de la nube,
azul del cielo,
umbroso el surco,
rostros morenos.
Zumbidos de pozos,
patios inciertos,
cacareos de gallinas
y desconciertos.
Y mientras, la luna
sobre las tejas,
cuaja de tristezas
pupilas viejas.
Olivar del Morisco,
duérmete pronto.
Deshilachado el llanto
no te despiertes
mañana. Olvida,
durmiendo hondo,
olivar, tu pena.

(Abril, 2017).

Poesía octava.

Es muy temprano ahora,
y al fondo del corral un pájaro mañanero
ensaya frasecitas segmentadas,
ajeno él al discurso que hoy por hoy
se irreconoce en otros tiempos,
cuyas formas dejaron a los ademanes trémulos,
y absortas a las palabras.
Sí, no faltaría más.
Porque en el pretérito,
las formas gráficas se deshacen mansamente,
acariciadas por el roce ventoso en el papel.
He empleado una semana
(vivida o por vivir, que da lo mismo)
para cada oración,
Este párrafo me llevó un año
(pasado o futuro, tanto da).
Por cada palabra una hora.
Y cuando la armonía del instante refracta
—diríase rayo de sol sobre el barniz de antiguo mueble que agoniza en un rincón—,
el desconsuelo da un beso al incansable buscador del nervio,
que grita por sus corredores polvorientos
a un niño sordo que se fue exactamente,
como solamente se va la inocencia exacta.
Niño que fui,
a pesar de lo temprano de la hora.

Poesía séptima.

Fugacidad en el cristal de la ventana
frente a la tarde ya sin vuelo;
traspasar de un desconsuelo ajeno
enmarcado en una fija lejanía,
deshecho por la luz obligatoria
con que dibuja y pinta la memoria
horas de plomo en la pesada noria.
Y esa antigua gravedad, siempre esa fuerza
de pensamientos en el cuerpo hundido,
de pensamientos en jardín ausente,
de pensamientos de amor ya olvidado.
Del reclamo mudo en el sendero abandonado.
Como una máquina que reza
caerá la lluvia; como una oración sin esperanza.
Como quien nunca eleva a nadie
ninguna plegaria ni por ni para nada.
Se oirá susurrado este poema,
y algún rostro por hacer —sin mi sonrisa—
se asomará, entre polvo y telarañas,
con una idea detrás, como aureola,
por la ventana oscura ya,
deshabitada.

(1989)

Poesía sexta.

Echa la palanca,
recoge el aceite,
tira de la manta,
respira el relente,
lleva la piragua
cerca de la gente.
Martilla la fragua,
la oreja y la frente.
Mira el Aconcagua
con la fresca lente.
Tira la alabarda
del terrateniente.
Chupina, mangante,
vamos hacia Oriente.
Selvática enagua
de selva caliente.
Verdosa corriente.
Chupina, chupina,
de ceño valiente.
Tira de la manta.
Respira el relente.

(Marzo de 1992).

jueves, 6 de julio de 2017

Poesía quinta.

Se alza allí una geografía destartalada
que no brinda su belleza al transeúnte,
sino al que espera una respuesta meditada
sentado en un poyete impersonal
mientras mira o a las hormigas o a las nubes.
Corralones, almacenes, escombreras,
secos esqueletos de arbolillos
azotados por el viento polvoroso
que aletea en el pálido rumor de la ciudad.
Pasa un hombre barbudo y con sombrero,
al cual siguen el silencio y treinta perros cabizbajos:
«buenas tardes», «buenas tardes».
Ningún can ni el silencio se dan por aludidos.
El arrabal reseco señala hacia la altura, lentamente.
Hacia El Muriano, sierra cubierta de hojas y enramada
sombreando de azul tenues arroyos.
No voy solo. Voy sin mí.
Va más el califa omeya de Occidente
y cierto concejal del Frente Popular
criado a los pechos de mi abuela.
Va un pastor, y tras él muchachas cantarinas,
esclavos desencaminados van. Van multitudes.
Y eso sin contar a los que irán,
muchedumbres ayudando a muchedumbres,
todos llevando a cada uno como amigo.
Pienso que pensaba Abderramán mirando a Córdoba:
«mi ignorancia es más grande que esta Vega».
Y pensando lo pensado vuelvo, si triste,
agradecido al menos a las piedras del camino,
a cómo fijan los pasos consumados
Notario transparente el río,
con su rúbrica hidráulica dictada por la urgencia
quiere, mas no puede, dar de la jornada ansiosa fé, y desesperada.
Ahora a la ciudad la aplastan con su ingravidez
aéreas columnas apenas bosquejadas,
postes de nube transida a borbotones
por los dedos de bullente oro vespertino.

Poesía cuarta.

La carne blanca y la vena azul te visten,
estrellas generosas iluminan tu sendero.
Por eso a tu paso oleadas de frescura
besan de dentro a afuera las casas anhelantes,
habitadas de vibrante oscuridad, negrura espesa.
Y barren estridencias pedregosas, angulares,
que el descenso de los siglos arrojaron por las calles.
Es fácil ser bueno bajo tus ojos protectores.
Por eso. Por todo eso y por tu sombra. Porque la belleza
esparcida, promesa de cereal dorado
que prodigas trascendiendo los sentidos,
podría ser heridora en su honda libertad.
Pero no. Y ahí está la llave de la calma
y la silente apertura de la paz.
Carente de extravío, acabada, ajena a cualquier necesidad,
refractaria.
Esta noche atiendo tu llamada.
Vuelvo al pueblo, recogido y claro.
El horizonte lo recorta, todo él en redondo
como un párpado que trasluce
el "acércate" limpísimo, el impoluto "ven".
Quiéreme.
(Marzo, 2017).

Poesía tercera.

No galope o tambor o latido que golpea
sino ritmo pulmonar, desdibujado,
femenina aspiración que en la noche sola
iza suave al pez a su engañosa luz... y suspirando lo abandona. Viene y va el recuerdo así.
El cálido turbión que en la barriada
expulsaba en espirales sorpresivas al verano mortecino de sus rincones
decorados de papeles, aromas y hojarasca, lo lleva y trae también,
quiero pensar que a tí y que de tí. Que es el mismo recuerdo que echas a volar.
Y que posado en mi frente ahora oye tu llamada.
Que estás también insomne y triste,
que la desesperanza empaña tu mirada,
que el opresor vacío... pero no.
No, no.
No a tu risa, al maravilloso peso de tu voz.
Ni a tus ojos todo ojos, o a la sombra de tus hombros en la cal de la pared.
No a tu falda también blanca, ni a su luz.
A tu alegría nueva,
a cómo un bello pensamiento tras tu rostro borraba barrio, tejados, nubes precursoras, sol perseguidor, azul, noche, ladridos y búhos, jazmines y estrellas.
Tu pensamiento sigue siendo aquél. Mi ser lo reconoce, porque soy por él. Porque recuerdo. Cuando aquella pura idea, ya impersonal, nos ilumina cantándonos al oido...,
nos completamos.

Poesía segunda.

Cada día vuelve a crecer la casa desde su semilla renovada.
Los trinos de cien gorriones
forman una nube cascabelera de esquirlas y cristales,
de oro y de verdor.
Cuya sombra, tan de terciopelo como la sombra del mundo, entra por las rendijas de la ventana para aglutinar, con porosa y envolvente dulzura, los fragmentos, —extraviados de otro modo, en desbandada— del sueño de la mañana, ahogada en su fría extemporalidad.
La cama viajera, el bostezo antiguo de un armario —agridulce vaho— y el solemne giro del amanecer perfilan la figura paterna. Pero «padre» y «anoche» son la misma cosa.
Cae una aceituna joven de un viejo olivo y el pasto fraternal la acoge, la abraza amortiguando su caída, mas no la hiere porque está reblandecido, algodonado de negrura, de rocío, de besos estelares.
Padre: «Anoche».
La madre murió de amor, y los hijos líquidamente se han derramado por el brillante mapa de la Tierra.

Poesía primera.

Ante la urgencia de escribir,
ante el apremio del adiós
que desde las uñas de la flor garabatean sus pétalos y ya sueñan en el aire.
Respirando con ansiosas bocanadas una suave amargura transparente.
Lanzado al torbellino de inaudibles palabras, aunque imantadas.
Él contigo, elevando a la orilla del río una arquitectura desvanecida ya antes de su reflejo, antes de que la corriente verbal la asimile y traduzca, la torne en risa, beso, lágrima.
Frente a lo efímero, lo amarillo
que se abisma tras el engaño
de las cosas crueles —tu casa que es la mía, una mesa, un clavo, el brillo apagado del metal, el crujido del pan— ¡el pan mascado en la boca sana! ¡los garbanzos tiernos, desgajados entre las muelas húmedas!
De las crueles cosas que representan en el teatro descolorido, resonante en la oquedad
de sus escenas sordas, la parodia extraña de la muerte viva, el simulacro absurdo de la vida muerta.
Salir a la puerta, dar cazos de agua temblorosa a los fantasmas rientes,
inmaterialmente felices, no sedientos, pero acaso tenuemente mordaces, amortajados apenas de sarcasmo paternal.
Sí, en cambio, sedientas las palabras, reseca la voz como estertor de una hora redonda sin bordes ni pestañas, o cascada de arena derrumbada, o como reflujo de océano caliente, como hervor del viento alicaído.
Y tras la urgencia de escribir, la pesadumbre ineluctable de lo escrito.