martes, 12 de julio de 2016

Atropello mortal

Tú, Cisco, vas a lo tuyo y no te enteras de nada que no sea el paisaje de olores o algún gato que salta sobre una tapia al percibirte.

Hoy 12 de julio de 2016 hemos salido con la fresquita de la tarde a dar el paseo, hacia el norte, y al llegar al nuevo barrio aledaño al nuestro, entre las 9,30 y las 10 menos cuarto, todavía con luz vespertina, ví a una joven en pantaloncitos que con una bolsa se dirigía al contenedor de basura. Detrás iba, suelto a varios metros, un perrito pequeño, de tipo pequinés, y me puse en alerta. La joven volvió sobre sus pasos y pronto comprendí que no era suyo. De inmediato un hombre salió de uno de los coches aparcados y comenzó a acariciar al animalito. Nosotros, yo ya con la mente en otra cosa, seguimos en dirección a Gines cuando ví venir un coche a velocidad muy moderada. Sentí un porrazo y pensé que había cogido algún bache, mas de inmediato frenó, salieron de él dos muchachos con aspecto de universitarios, y de la casa próxima una mujer lamentándose y gimiendo. Me detuve, haciéndote callar los ladridos porque tú deseabas seguir con el paseo, y ví que la mujer envolvía el cuerpo del animalito con una toalla, el cual permanecía mudo, y se lo llevaba hacia el patio delantero de su morada, mientras los jóvenes en la puerta, visiblemente afectados, llamaban a un veterinario con sus móviles, llevándose las manos a la cabeza. Seguí observando y pensando que el animalito habría resultado con un porrazo más o menos importante, hasta que pasados cinco minutos, extrañado de la escena, te cogí en brazos y me acerqué. Uno de los jóvenes estaba bastante trastornado y pregunté al otro, temiéndome lo peor, "¿está muerto?" Sí, afirmó con la cabeza. Dentro del patio, sentada en el poyete de la entrada a la casa, la mujer sollozando sostenía al perrito envuelto en una toalla, abrazándolo. Le ví la carita, con los ojos abiertos, brillantes, como llenos de vida todavía. Intenté consolar al más afectado de los jóvenes diciéndole que ellos no había tenido la culpa.

Seguimos el paseo, y a la vuelta te dí agua fría en el hueco de la mano, de un botellín que como siempre a tal efecto llevaba en el bolsillo. Bebiste con ganas, disfrutando del apagón interior que el líquido te proporcionaba, y pensé: "esta experiencia vital tuya está brutalmente desconectada de aquella otra vida que fué entre las 9,30 y las 10 menos cuarto, y que ahora mientras sacias tu sed es un abismo gris, lívido, silencioso, helado, ya sin calle, ni esquinas, ni tan siquiera árboles, o solares, o coches aparcados, al norte, en el nuevo barrio aledaño al nuestro.

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