lunes, 13 de mayo de 2013

Matas


Compruebo a cada momento cómo te gusta descansar a la sombra de las matas de yerbabuena, envuelto en el fresco aroma que desprenden. Me consta que te rozas con ellas para perfumarte el lomo.
Enternecido, casi emocionado, cultivé el verano pasado la primera plantita, —comprada a los gitanos del mercadillo—, pendiente de su crecimiento día a día, maravillado ante la humildad de aquellas hojitas verdes que resaltaban sobre el fondo oscuro del mantillo en la maceta. Un milagro de la Naturaleza ante el que me inclinaba pasmado, desarrollándose misteriosamente en este rincón del Universo, haciéndome sentir un poco padre amante, un poco madre cariñosa. Cuánta delicadeza en esa vida pura. Cuánta debilidad grandiosa.

Ahora la yerbabuena verdea por doquier, en macetones y cacharros en el patio y en los arriates del corralito. Su fragancia llena la atmósfera e inunda las habitaciones, sus tallos se elevan enhiestos hacia el cielo o se curvan hacia el frescor de las losetas del suelo formando espesos festones colgantes repletos de umbría y de enormes hojas. El refulgor de su verdor contra la cal de las paredes cuando estalla la luz se asemeja a la bandera andaluza. Si las banderas oliesen, Cisco, la nuestra olería a yerbabuena. Y al ondear en la marea fresca de las tardes de verano saludaría profundamente con su bálsamo vivificador a los pueblos del Sur.

Hubo que procurarse fertilizante y plaguicida. Es fantástica la diversidad de bichillos devoradores que aparecen a golpe de lupa, los cuales atraen a unos pájaros ágiles y verdiamarillos que no he logrado identificar, y que revolotean cada mañana al alcance de mi mano al otro lado de la ventana del dormitorio. Tú saltas de nuestra cama cuando los sientes al amanecer y te disparas por la cocina y el salón hacia ellos, pensando que te disputan el territorio, pero es porque no comprendes el beneficio que hacen a tu querida yerbabuena. Ellos, junto a las salamanquesas, son el mejor insecticida.

Le he traído compañía a nuestras plantas, Cisco. Ahora lucen sus juventudes en el patio una macetita con menta, otra con lavanda y otra con tomillo. Junto al gran jazmín que se enrosca en los ramones de la gigantesca adelfa ¿de seis metros de altura?, junto al naranjo recién podado y al majestuoso limonero donde anida el mirlo, ambos cítricos con sus livianas cargas de azahar primaveral, junto a los nocturnos sampedros de flores amarillas que proliferan invadiendo cada palmo del terreno, junto al viejo rosal de pitiminí que plantó mi madre allá por los años sesenta, vamos a integrar a nuestras nuevas, aromáticas y agradecidas amigas. El oficio de jardinero es muy adecuado para quienes, como es nuestro caso, ya ven la ancianidad lenta, pero implacable, aproximándose.

Nos alejan de los campos floridos cada vez más, Cisco amigo, el desarrollo urbanístico y los años que lastran nuestros pasos. Ya tienes ocho, y yo sesenta. Nos ampararemos en este Aljarafe en miniatura que día a día cuaja bajo la pluma de cristal de la manguera; que si tuviera voces —o si nosotros pudiésemos percibirlas— entonaría en coro cánticos excelsos; que extiende los dedos de sus raíces en la hondura silenciosa, entretejiendo con los hilos de las estrellas, cada noche, tus sueños con los míos.

1 comentario:

Pedro Delgado dijo...

Qué suerte, amigo Antonio. Tú, Cisco y demás, sí que podéis decir como la Lole:

""Me desperté
oliendo a yerbabuena
del amanecer""

Un abrazo