sábado, 13 de abril de 2013

Ciencia del pueblo


Ya había tocado el tema de Montalvo antes, cuando me ganaba el sustento cultivando la huertecita que nos surtía de verduras. Hubo allí que desarrollar y poner en práctica diaria lo que Ivan Illich denominó "ciencia del pueblo", en contraposición de la "ciencia para el pueblo". De esta última estábamos muchos muy escarmentados y a medida que gira el mundo lo estamos más, con su hedionda estela de armamentismo, desastre ecológico y desigualdad social. Aquí y aquí hay alguna aproximación al concepto, aunque Illich en el mencionado Viejo Topo va por otros derroteros algo diferentes: "...inicialmente, la utilización del término "ciencia del pueblo" puede parecer un dulce amargo. Designa a la investigación hecha sin o con poco dinero, sin ningún patrocinio, sin posibilidad de acceso a publicaciones de prestigio, y con resultados que carecen de interés para el mercado. Sin embargo, la gente que se dedica a ello no parece ni sentirse abandonada ni preocupada por el asunto."



En efecto. Es más; que a poco que se escarbe en la corteza de cualquier sociedad rural o urbana, del tamaño que sea, se encuentra el mismo espíritu popular, escéptico y desconfiado contra eso que se llama Investigación y Diseño preconizado con tanto énfasis por gobiernos, industrias, universidades, clínicas, ejércitos, fundaciones. A la ciencia del pueblo la remonta Illich a un siglo, el XII, cuando las indagaciones científicas tenían que basarse en las Sagradas Escrituras para no ser tachado de blasfemo o endemoniado, y un erudito llamado Hugo de San Víctor defendió el derecho del hombre a indagar por sus propios medios. Lo hizo sobre todo en su obra El Didascalicon  Por cierto, en ninguno de los otros estudios sobre este personaje consultados por mí se alude ni por asomo a ello como origen de la ciencia del pueblo ni se hace semejante asociación, siendo presentado generalmente como un simple teólogo al uso.

Ya sé, ya sé: estarás pensando que estoy con la vena demagógica, pero no, no temas; hace tiempo que desperté de ese sueño que es desinteresado cuando joven y calculador de mayor, cuando los años convierten a muchos, de idealistas entregados a manipuladores ansiosos. El pueblo, si algo hay a lo que se le pueda aplicar el término, es una bestia reptante, ciega y sorda, cuyos tentáculos no llegan más allá del ensayo y error en sus exploraciones del entorno: arrasa, golpea, masacra, devora y luego, dependiendo de los resultados, llora, baila, fornica, reza. O viceversa. Mas a los efectos que nos ocupa, ha sabido a lo largo de los siglos reunir unos conocimientos muy útiles a la hora de formar caballones para plantar habas, pongo por caso. Bien dice Mircea Eliade, entrevistado en nuestro Topo de referencia, que no cree en nada que se parezca a ese "subconsciente colectivo" que dijo Jung haber descubierto. Y yo tampoco, ni siquiera en un "consciente, o conciencia", ni colectiva ni individual.
Y es que, comparadas con tus ladridos, las palabras no solamente amputan y castran a las ideas la mayoría de las veces, sino que las deforman y retuercen de tal manera que no las reconoce ni el cerebro que las engendró. Si yo poseyera tu garganta, emitiría más precisamente este escrito utilizando sonoros ladridos, sin duda. Buena forma de "despertar las conciencias", caramba.
Hubo quien dijo que la conciencia es una invención reciente de la burguesía, con no más de tres siglos de existencia. No me extraña en ellos, en los burgueses, que se dan buena maña para manejar la sinhueso así se les ponga enfrente toda la ciencia del pueblo habida y por haber.

Tengo en la memoria estos días mientras pienso en aquella etapa de vida campesina a un auténtico científico del pueblo, ya por desgracia fallecido, persona con un temperamento artístico sumamente acusado, un castillejano desde niño admirado por mí, al cual inesperadamente y con gran sorpresa encontré en Montalvo. Te hablaré de él mañana. En Castilleja lo conocían por "El chico la posá", o sea, el chico de la posada (o pensión).
No tuvo el pueblo nunca mucho desarrollo en la industria del hospedaje dada su cercanía a Sevilla, ciudad donde la oferta era infinitamente más amplia y variada, de forma que todo el que podía, se desplazaba a ella; los principales clientes de los posaderos aquí eran viajeros provenientes
 del Aljarafe Occidental, Huelva o del sur de Portugal que se dirigían generalmente a la capital andaluza, y ya casi aquejados de nocturnidad no tenían otro remedio que buscar techo castillejano, por lo cual el trasiego de estos transeúntes estaba rodeado de cierto halo de misterio que parecía guardar en secreto las personas mismas de sus anfitriones. Otro sector, mínimo pero más desconocido y clandestino todavía, era sin duda el de los juerguistas, gentes de vida disipada que elegían el cercano pueblecito para sus encuentros y aventuras de índole sexual.

1 comentario:

Reyes dijo...

Te sigo con interés y espero ansiosamente tus textos.Leerte es beber sabiduría que no aburre,o sea,de la buena.Abrazos.