martes, 23 de abril de 2013

¿Quién anda ahí?


Vicente Rodríguez, "el Chico de la posá" poseía una personalidad inconformista y rebelde. La sacaba al exterior cantando más que de ninguna otra forma. Cantando fandangos de Huelva, concretamente.

Hay, y se pone de manifiesto especialmente en el mundo artístico, gente que por circunstancias fácilmente discernibles sucumben a los estímulos, señuelos y recompensas que los poderes económicos, religiosos o políticos —¿acaso no son todos uno?— proporcionan a cambio de entrega y sumisión. El arte se prostituye con tanta facilidad y está siempre tan en peligro, tan al borde del abismo, que esa consustancial debilidad y esa tenue delicadeza virgen en riesgo perenne constituyen su más apreciada cualidad. Como una flor que no debe ser expuesta a los rigores climatológicos, como un bello paisaje nevado que nadie debe hollar. Es la trágica tensión que suscita un pajarillo rondado por una gran rapaz en el cielo, un niño acechado por lobos en el bosque, lo que da al arte su principal atractivo.

La domesticación de los artistas supone, para determinado público, un valor añadido que satisface la egolatría de deformes sensibilidades, degeneradas y burguesas, enorgullecidas de amaestrar la belleza y la estética por sólo un alarde de fuerza y poder. En el ámbito mundial, Cisco, destacan y son archisabidos los resonantes ejemplos de autores e intérpretes que ansian pongo por paradigma los escenarios israelitas, aunque no faltan hoy día ni han faltado tiempo atrás los de las diversas dictaduras, más anónimas pero no menos manipuladoras, a cuyos pies tantos y tantos se rinden a cambio de bienes materiales y homenajes oficiales. En el traído caso de Israel, se asemejan estos "entretenedores" sumisos a las masoquistas, que necesitan al proxeneta más dotado, sádico que disfruta de las traiciones consumadas como si de desvirgamientos se tratara y que en pirueta paradójica se erige en verdugo justiciero de quienes consuman la traición.

Se mueven grandes sumas en el repulsivo mercado que instaura el valor de una producción artística en función y dependencia del dinero que produzca. Se ha logrado el deleznable resultado de que a las masas impresione más una ristra de ceros tras un guarismo que unas emocionantes pinceladas o que unas deleitosas armonías. Se transparenta por aquí el "espíritu" de la Ciencia capitalista: lo único real es lo que se puede medir, pesar, lo que tiene propiedades mercantiles. Lo que se puede vender.

Entre nosotros, escuece el caso del flamenco. Considerando que tal expresión artística ha pertenecido y se ha nutrido de las clases populares, de las capas sociales más humildes, siendo por antonomasia expresión antagónica de la oficial y establecida, enfrentada a ella, su oponente. El rapto del flamenco que en la Democracia ha sido efectuado por las clases dirigentes del país es flagrante. Sara Baras o José de la Merced, por nombrar a dos que ocupan primeros puestos, demuestran en cada actuación que sus obras se dirigen y tienen como objetivo, completamente desvirtuado, a otros que ya no son el jornalero, el sufrido hombre del pueblo, el sencillo trabajador. Arguyen que "por fin los artistas hemos salido de dormir en los gallineros". El Cabrero no sin orgullo decía que en sus comienzos "hacía la rosca en cualquier portal", habiendo pasado muchas noches durmiendo en el suelo.
Me escandaliza haber sabido que la última Bienal fué prologada con un concierto de los principales participantes al cual se asistía por invitación. Imagino desgañitándose a los artistas, como monos de un circo, frente a un teatro repleto de señorones del socialismo andaluz, de sus consortes y amigas, y del mundo empresarial afín a ellos. Absolutamente repulsivo.

Al flamenco le han dado el tiro de gracia al declararlo Bien Cultural de la Humanidad. Empaquetado así, envuelto en papel lujoso y tornasolado, está mejor dispuesto para la venta a las élites. Arrancado de cuajo de sus legítimos propietarios, reconvertido en producto inocuo, endulzado al gusto de exquisitos paladares de alcurnia, digámosle adios para siempre. Cantaba José Menese: "Tú te vienes dando trazas, de meterme en el corral, poquito a poco las cabras". Sustituyamos a ese "Tú" por Franco entonces y ahora por el presidente de turno, y las cuentas están hechas: la cabra que no esté acorralada no tiene voz, y por ello no existe.

Toda esta parrafada plagada de tópicos viene a colación aquí porque "El chico de la posá", aunque sea en el recuerdo, —y otros muchos otros como él—, pueden mantener viva la vacilante llamita del arte andaluz con toda su pureza y sin alardes técnicos circenses.
En un principio "arte" significó "habilidad para hacer algo". Retrotrayéndonos a la Edad Media, se atisba ya esa intención de la entonces incipiente y embrionaria burguesía que, no satisfecha con haberse convertido en dueña y señora de la riqueza material, de la fuerza productiva, de la mano de obra, puso sus miras en algo más intangible, algo cuyo zumbido no afectaba al oído, sino al intelecto. Fué en dicha Edad Media cuando se estableció una diferencia entre artes liberales y artes serviles, siendo estas las manuales y aquellas las relativas al conocimiento. División muy a propósito para tratar un enfoque profundo del problema: el de la libertad. Libertad creadora, libertad interpretativa. Eso tan vital, que los artistas del pueblo no pueden, ni quieren, ni saben sacrificar.

Nadie tan libre como Vicente en Montalvo. Cuando enderezaba el espinazo tras una cavada de azadón podía yo contemplarlo muchas mañanas, lejano, insignificante, avanzando como una hormiga hundida en las barrancas, ascendiendo por el sinuoso carril hacia la aldea; entonces lo saludaba voceándole su idiosincrásico y representativo ¿¡quién anda ahí!? que resonaba en todos los recovecos del valle.

—Antoñito, ¿cuándo me vas a hacer un dibujito?
—Venga. Ahora mismo.
Cogí el bolígrafo y le hice una caricatura mientras posaba mirando a los quebrados horizontes con un brillo de inteligencia en sus ojos negros. Terminada, la observó con suma atención y dijo:
—Esto lo guardo yo como oro en paño.

Aquella tarde, de memoria la reproduje en mi cuaderno de campo y le añadí el "¿quién anda ahí?" identificatorio, esa coletilla característica suya  no exenta de contenido filosófico con la que Vicente se anunciaba al entrar en un bar, al incorporarse a una reunión o, simplemente, a modo de saludo por la calle, y que tenía reminiscencias de sus tiempos de guardia en la Legión del arenal sahariano. Hoy sigue "el Chico de la posá" vigilando el pueblo desde la atalaya de la entrada nueva del cementerio, oyendo los murmullos de los fúnebres cortejos entrantes y salientes y mirándonos en lo más profundo a todos los que por allí alguna que otra vez transitamos.


sábado, 13 de abril de 2013

Ciencia del pueblo


Ya había tocado el tema de Montalvo antes, cuando me ganaba el sustento cultivando la huertecita que nos surtía de verduras. Hubo allí que desarrollar y poner en práctica diaria lo que Ivan Illich denominó "ciencia del pueblo", en contraposición de la "ciencia para el pueblo". De esta última estábamos muchos muy escarmentados y a medida que gira el mundo lo estamos más, con su hedionda estela de armamentismo, desastre ecológico y desigualdad social. Aquí y aquí hay alguna aproximación al concepto, aunque Illich en el mencionado Viejo Topo va por otros derroteros algo diferentes: "...inicialmente, la utilización del término "ciencia del pueblo" puede parecer un dulce amargo. Designa a la investigación hecha sin o con poco dinero, sin ningún patrocinio, sin posibilidad de acceso a publicaciones de prestigio, y con resultados que carecen de interés para el mercado. Sin embargo, la gente que se dedica a ello no parece ni sentirse abandonada ni preocupada por el asunto."



En efecto. Es más; que a poco que se escarbe en la corteza de cualquier sociedad rural o urbana, del tamaño que sea, se encuentra el mismo espíritu popular, escéptico y desconfiado contra eso que se llama Investigación y Diseño preconizado con tanto énfasis por gobiernos, industrias, universidades, clínicas, ejércitos, fundaciones. A la ciencia del pueblo la remonta Illich a un siglo, el XII, cuando las indagaciones científicas tenían que basarse en las Sagradas Escrituras para no ser tachado de blasfemo o endemoniado, y un erudito llamado Hugo de San Víctor defendió el derecho del hombre a indagar por sus propios medios. Lo hizo sobre todo en su obra El Didascalicon  Por cierto, en ninguno de los otros estudios sobre este personaje consultados por mí se alude ni por asomo a ello como origen de la ciencia del pueblo ni se hace semejante asociación, siendo presentado generalmente como un simple teólogo al uso.

Ya sé, ya sé: estarás pensando que estoy con la vena demagógica, pero no, no temas; hace tiempo que desperté de ese sueño que es desinteresado cuando joven y calculador de mayor, cuando los años convierten a muchos, de idealistas entregados a manipuladores ansiosos. El pueblo, si algo hay a lo que se le pueda aplicar el término, es una bestia reptante, ciega y sorda, cuyos tentáculos no llegan más allá del ensayo y error en sus exploraciones del entorno: arrasa, golpea, masacra, devora y luego, dependiendo de los resultados, llora, baila, fornica, reza. O viceversa. Mas a los efectos que nos ocupa, ha sabido a lo largo de los siglos reunir unos conocimientos muy útiles a la hora de formar caballones para plantar habas, pongo por caso. Bien dice Mircea Eliade, entrevistado en nuestro Topo de referencia, que no cree en nada que se parezca a ese "subconsciente colectivo" que dijo Jung haber descubierto. Y yo tampoco, ni siquiera en un "consciente, o conciencia", ni colectiva ni individual.
Y es que, comparadas con tus ladridos, las palabras no solamente amputan y castran a las ideas la mayoría de las veces, sino que las deforman y retuercen de tal manera que no las reconoce ni el cerebro que las engendró. Si yo poseyera tu garganta, emitiría más precisamente este escrito utilizando sonoros ladridos, sin duda. Buena forma de "despertar las conciencias", caramba.
Hubo quien dijo que la conciencia es una invención reciente de la burguesía, con no más de tres siglos de existencia. No me extraña en ellos, en los burgueses, que se dan buena maña para manejar la sinhueso así se les ponga enfrente toda la ciencia del pueblo habida y por haber.

Tengo en la memoria estos días mientras pienso en aquella etapa de vida campesina a un auténtico científico del pueblo, ya por desgracia fallecido, persona con un temperamento artístico sumamente acusado, un castillejano desde niño admirado por mí, al cual inesperadamente y con gran sorpresa encontré en Montalvo. Te hablaré de él mañana. En Castilleja lo conocían por "El chico la posá", o sea, el chico de la posada (o pensión).
No tuvo el pueblo nunca mucho desarrollo en la industria del hospedaje dada su cercanía a Sevilla, ciudad donde la oferta era infinitamente más amplia y variada, de forma que todo el que podía, se desplazaba a ella; los principales clientes de los posaderos aquí eran viajeros provenientes
 del Aljarafe Occidental, Huelva o del sur de Portugal que se dirigían generalmente a la capital andaluza, y ya casi aquejados de nocturnidad no tenían otro remedio que buscar techo castillejano, por lo cual el trasiego de estos transeúntes estaba rodeado de cierto halo de misterio que parecía guardar en secreto las personas mismas de sus anfitriones. Otro sector, mínimo pero más desconocido y clandestino todavía, era sin duda el de los juerguistas, gentes de vida disipada que elegían el cercano pueblecito para sus encuentros y aventuras de índole sexual.

miércoles, 10 de abril de 2013

Pulgas, regresos, montañas.


Como mañana te corresponde la ampolleta antipulgas, tras una consulta por Internet a las tiendas veterinarias cercanas hemos ido a la de un pueblo próximo que ofrecía el mejor precio. El Frontline Combo, caja de tres pipetas para perros de entre 10 y 20 kilos de peso cuesta allí treinta euros y medio. Una vez recibido el cambio y con el producto en mano me he permitido una bromita con la empleada: "¿esto avisa donde haya pulgas?", y se me queda mirando, con una gran sonrisa pero con los ojos fruncidos en una interrogación de extrañeza. Para mejor explicarme, me llevo la caja a la oreja y le comento que no me parece que sea combó, porque no escucho ninguna. Yo esperaba con mi chiste haberle arrancado una carcajada, pero terció su compañera muy seria dándome precisas indicaciones sobre el empleo de producto, por lo que la gracia quedó en el aire y se desvaneció como una bocanada de humo de tabaco junto a un ventilador a toda marcha. Para disimular mi frustración y aprovechando que la minuciosa asesora pronuncia un castellano impecable, se lo hago notar comentándole que me suena su habla a la de Galicia, y me contesta que es de Jaén. Termino la breve charla diciéndole que los de Jaén son, de todos los andaluces, los más exóticos: "¡Ah! ¿conoce usted Jaén?". "Sí, he vivido allí un tiempo, en la sierra de Segura, junto al pantano del Tranco". "Fenomenal". "Desde luego, buen sitio". "Ya lo creo, ya". "Bueno, hasta otra". "Hasta la próxima, muchas gracias".

En la sierra jienense
, en Montalvo, tú hubieras escalado taludes entre pinos añosos, bañado en arroyos de agua pura, perseguido suculentos gamos y ciervos y, en las mañanas de invierno, conocido la nieve, Cisco, la nieve andaluza, nuestra entrañable nieve. Era aquello una aldehuela abandonada por sus originarios habitantes, ruinosa, erguida en un montículo pelado que se elevaba solitario en cierto valle —o más que valle enorme olla u hondonada— circundado por majestuosas montañas, como un niño rodeado por el coro de cien madres gigantescas. A espaldas de una de éstas, hacia occidente, quedaba el embalse, cuyo brillo azul hirió con dulzura mis ojos cierta clara mañana tras una caminata bajo la soledad, por faldas de piedra y gargantas de musgo.

Por desgracia, ya a aquel niño sobre el cerrillo, extasiado en la contemplación de las cumbres, los despiadados emprendedores de hoy lo han despertado de su sueño, a base de graznidos y garras. Pero cuando yo anduve por allí Montalvo funcionaba, merced a los esfuerzos de sus nuevos e ilusionados habitantes. Alojado en una sala alta en el rehabilitado hogar de uno de ellos, no podía conciliar el sueño sintiendo el bullicio de las infinitas luminarias en las alturas y el perfume de los postigos de madera que protegían los huecos de ventanas.

Llevé un sencillo diario ilustrado del que te voy a ofrecer, querido perro, una selección. Los estudios sobre el movimiento social de regreso a la Naturaleza originado en la Norteamérica de los 70 del siglo XX son tan abundantes que es arriesgado, a estas alturas, pronunciar siquiera una palabra sin asfixiar y asfixiarse en el tópico, por lo que me centraré en las vivencias personales que me proporcionen los recuerdos y en lo anotado en el referido cuaderno de campo, con la inestimable guía de un viejo El Viejo Topo, Extra nº 14 de su primera época titulado "Volver, volver, volver. Pensamiento, religión, vida en el campo, cocina, literatura, artesanía,...".