miércoles, 27 de marzo de 2013

De niños y nombres

No creas que el mundo gira a tu alrededor; no eres el único perro llamado "Cisco", guapo. Sin ir más lejos, hay un podenco portugués llamado como tú, pero con una genealogía pasmosa por su amplitud. Hay este otro Cisco, con un trágico y triste final. O este, un Cisquito artista y mimado por su dueña, el cual aquí parece tener apetito. Hay, para alegría de su amo, este encanto inocente... . En fin.

En todo caso, lo cierto y verdad es que a ninguno de los "Ciscos" que en este mundo son le viene tan bien, tan a propósito y con tanta adecuación y exactitud como a tí el nombre: por tu capa negra de terciopelo brillante, y por tu mancha pectoral alba y gris que rememora la ceniza de los antiguos braseros ya apagados al amanecer, enfriándose los menudos carbones. Claro está que quizá en otras regiones Cisco no signifique y se refiera a lo mismo que se refiere y significa en esta.

 Teniendo en cuenta esta salvedad, yo, Cisco, cuando era un niño creía que los nombres descendían desde El Absoluto Previsorio sobre cada persona portando atributos físicos y psicológicos personales. Así, los llamados Antonio —como a mí me llaman— tenían que ser necesariamente chiquillos de piel clara, ojos oscuros, pelo negro rizado, cabeza grande y miembros delgados, y tímidos y fantasiosos de carácter (si me permites empezar por el modelo que, claro, primero y más importante significó algo en mi vida). Luego aparecieron los José, que fueron dos entre los niños amigos del barrio; todos los demás "Josés" debían ajustarse a sus características según la ley referida, como eran los ojos entre el marrón y el verde, la piel morena o la forma craneal dolicocéfala, y la energía y el tesón como atributos espirituales. Y los "Pedros", de ojos grandes y apariencia sanguínea, como el primer Pedro con quien traté. Los "Franciscos", de ojos rasgados y bondadosos, gentes bienhumoradas, almas benéficas. Los Gabrielitos, Manolitos, Vicentes, etc., etc., etc. Cada nombre con su tipo. Todo esto valía de igual manera para las niñas, Concepción, Maribel, Juani, Anita, aunque el mundo femenino por entonces no representaba un gran activo en mi vida si exceptuamos el familiar, cuyos modelos obraban de idéntica forma en mi protoconciencia.

Es más, cuando mi mente inmadura analizaba las pinturas, los cuadros, las estampitas del abundante santoral católico veía, y no veía nada más, que dichas particularidades en el san Antonio, en el san Pedro o en el san Francisco correspondiente, descontando como es natural alguna barba o alguna calva. De santas y vírgenes podría decir otro tanto aunque, repito, algo menos presente y más borroso e inconcreto.

Pasaron los años, crecí, y siempre esperaba, al conocer a alguien, que su nombre se adecuara a dichos arquetipos, y cuando no —que era casi en todos los casos— ya mi fantasía se encargaba de extraer los parecidos, revoloteando en tal artificiosa lógica del universo mejor que en el caos huracanado de su desarmonía neurotizante. Siempre me las ingeniaba para encontrar un Juan con la frente despejada y si no, con los labios delgados y si no, con el pelo sedoso, con los hombros anchos, con la forma de andar, con la voz y la gestualidad del primer Juan que apareció ante mis ojos infantiles. La vida tenía una razón profunda y consoladora. Por algo todos los gilgueros así llamados se parecían entre ellos, y las tortugas así denominadas, o los tiburones, las arañas o los cóndores. Había un orden supraterrenal tan reconfortante que daban ganas de seguir viviendo tras despertar al inicio de cada día. Mis reminiscencias platónicas en la especie de conocimiento innato hacían de mí un superniño que iba dando los pasos para convertirse en un superman, perdón, en un superhombre, para el cual nada de lo humano iba a serle ajeno.
Los dibujantes y pintores, aficionados o profesionales, acarreamos en la memoria colecciones más o menos grandes de narices, ojos, orejas, bocas, manos y así, y cuando tropezamos con el rostro de un prójimo, el objeto a plasmar, solo tenemos que recurrir a dicha memoria y dejar que el lápiz se guíe por ella. A un nivel más profundo ocurría lo que a mí me ocurría, desde luego.

 Pero... —preguntarás—, ¿y los nombre compuestos?, ¿y los poco corrientes?. Muy fácil: para un Juan Antonio, un Luis Miguel, un José María, poseía compartimiento mental separado. Demasiada ardua la tarea intelectual de analizarlos, tomaba el camino más cómodo y corto: estos bidenominados eran a todos los efectos entes fantasmales que había que almacenar a la espera de que el Destino me proporcionara herramientas óptimas, y entonces, anoto, tenía yo mucha fé en el Destino: me sabía predestinado a humanizar cualquier incógnita que se me pusiera por delante.

 En cuanto a nombres exóticos, como Ernesto, Mariano, Marcelino ... ¡ja ja! ¡Marcelino! El retrato en azulejos pintados del Beato Marcelino Champagnat presidía el frontispicio de la escuela de Hermanos Maristas de la Barriada, como fundador de la Orden que era; frente a él cantábamos todas las mañanas en formación castrense ciertos himnos triunfalistas mientras un viejo religioso izaba la bandera nacional; escuela donde empecé a socializar, donde conocí al Capitán Trueno, donde me dieron palizas en el recreo pero no recreativas, al menos para quien las sufría, escuela en cuyo solar hoy funciona el Colegio papa Juan XXIII. Este modelo marcelinesco, recuerdo ahora con claridad y asombro, me sirvió para de alguna manera caracterizar a un Marcelino compañero de estudios en la Escuela Militar del Ejército del Aire en Agoncillo, provincia de Logroño, años después allá por 1967 y a pesar de haber yo cumplido ya trece primaveras. Era el soldado-alumno Marcelino un jienense tan cabezón como el Beato, y me parecía tan fariseo e hipócrita como me parecían —y parecen, dicho sea de paso— todos los de las sotanas, que se empeñan en organizarme la existencia. Los mecanismos infantiles seguían actuando en Logroño, lo cual confirmaría más de una tesis freudiana.



 Bueno, Cisco, modelo y espejo de cuantos Ciscos pululan por la superficie terráquea, yo, Antonio, el primario, el molde de todos los Antonios que han sido, son y serán, tu amo para más señas, va a dar de mano en estas agotadoras indagaciones porque semejante buceo no tiene visos de ni tan siquiera aparentar fondo. Vamos a no perdernos y a no volvernos locos, ¿eh?. ¡Hala, chico!, a la cama, que mañana será otro día.

En la foto, una "clase" entera de las tres que había, con su maestro en medio. Está tomada en tiempo lluvioso (véase el charco detrás a la derecha) junto al chalé de esquina en la bocacalle de las dos que flanqueaban entonces la escuela y flanquean hoy el colegio Juan XXIII. La de occidente. Quien esto escribe se encuentra asomando tres cuartos de cara junto al que está semioculto con las manos apoyadas ¡¡increíble osadía!! en el hombro izquierdo del marista.

Muchos de Castilleja se reconocerán aquí. Que les sirva de provecho, a ellos por sí y a los suyos todos de mi parte. De nadas.




martes, 5 de marzo de 2013

120


ماذا سَتَفعَل، يا أنطونيو؟ سَأكنُس غُرفة النوم.