jueves, 30 de agosto de 2012

Pensamiento centrífugo

¡Ah, los clásicos rebaños de ovejas, con su pastor hondero y sus perros guardianes!
Hace algún tiempo ví por la Vega sevillana uno de ellos, desde la ventana del autobús que me traía a Castilleja. Era una mañana clara, despejada. Progresaban los cuadrúpedos lanudos por la margen derecha del río, ocupando toda la Vía Verde Metropolitana, y el cuidador usó su honda con precisión para agrupar a varios animales que se habían separado. Un perro de porte vulgar saltó como un resorte hacia los díscolos, ladrando escandalosamente. El rebaño volvió a ser en pocos segundos lo que era: un manchón blancuzco, extenso y compacto, apretado, que avanzaba adaptándose a las irregularidades del terreno, hundiéndose en las depresiones, elevándose en las protuberancias, casi ahogando los tallos de algún aislado matorral, el tronco de algún árbol solitario; parecía un solo organismo, algo vivo e insidioso, como una gran manta marina de contornos siempre variables navegando por la explanada polvorienta. O un cirro plástico que había tomado tierra, exahusto de flotar en la alta pureza aérea.
En el interior del autobús, más que oirse se adivinaban los balidos insistentes de las ovejas, ansiosas por llegar al pasto.
Me llamó la atención el hondero, querido Cisco; el grácil giro que imprimió a su tosco utensilio de amplísimo radio, la aceleración centelleante de las tirantas de cuero como una hélice de acero pulido, la masa oscura del proyectil, el disparo ineludible.
La honda logra una de las más palpables materializaciones de la fuerza centrífuga. Me sentí un poco piedra yo también cuando el vehículo tomó la serpenteante Cuesta del Caracol subiendo la cornisa aljarafeña. 
El hombre supo deducir una útil abstracción matemática descomponiendo las fuerzas que intervienen en el giro de los cuerpos, en sus movimientos circulares o curvos. La fuga del centro, o centrifugacidad, fué anatomizada, desarmada en sus componentes y congelada eternamente en fórmulas aritméticas; la masa del móvil, el radio de su trayectoria, la aceleración de su velocidad, la gravedad de la tierra; o variables más sutiles, como la resistencia al rozamiento del aire e incluso la humedad y la temperatura de éste, fueron estudiadas con vistas a calcular unos valores conociendo otros. Todo lo cual tuvo grandes aplicaciones prácticas, y a cierta escala nadie duda de sus beneficios, pero el filósofo no se conforma y deja volar su imaginación, girando sobre la superficie de la Tierra, mientras lo hace alrededor del Sol; éste se mueve helicoidalmente —arrastrando a todo su Sistema Planetario— hacia el Norte de la Galaxia, y ésta también viaja dentro del Cúmulo, el cual se desplaza asimismo, etc., etc., etc.
De forma que nuestras geniales fórmulas matemáticas sobre el movimiento centrífugo quedan diluídas en un sistema general de desplazamientos vertiginosos que se anulan y contradicen unos a los otros. Recuerdo un ejercicio que nos proponía en la Universidad cierta profesora de filosofía: si desde la cofa de un navío en movimiento se deja caer una manzana hasta la cubierta, ¿dónde cae? ¿dónde lo vé caer el vigía? ¿donde un espectador en la playa? ¿donde un marinero del barco?; y yo contesté al dictado de una corazonada, intuitivamente: "cae en todas partes". En el aula nadie dijo nada, aunque podían haber estallado en carcajadas, o felicitarme por mi clarividencia...
Había un problema con finalidad didáctica de la misma índole: una pulga que corre por el lomo de un perro, que corre por el techo de un vagón de tren, que corre por la vía ... 
En el Todo se diluye todo, el pensamiento aboca al nirvana, un segundo —el presente— es parte de la Eternidad, nada empieza ni acaba si no es en nuestro sueño insustancial, no existen ni la muerte ni la vida. La Creación es un absurdo, un camelo de vagos mentales, una chiquillada, un engaño de nuestro cerebro que cree ver principios y finales de eventos donde no existen ni pueden existir eventos mensurables. Porque nada se puede medir, ni pesar, ni contar, ni percibir a ciencia cierta con nuestros sentidos corporales. Porque una abstracción matemática es una fantasmagoría ya desde la base, desde la Unidad, desde ese guarismo ridículo que caricaturiza al Todo como Uno que es tal Todo.

miércoles, 22 de agosto de 2012

Los perros de London


En los relatos de Jack London sobre la fiebre del oro en el Yukón, que en estos rigores caniculares me alivian las tardes y las noches, Cisco, pululan los perros como tú. Como tú en cuanto a cuatro patas, rabo, hocico y demás, pero infinitamente más sufrientes, más víctimas del perverso encanallamiento que poseyó a aquellos mineros.
De todos los modos llego yo ahora, que te tengo, a la intrépida conclusión de que para "sentir" dichos relatos hay que convivir con un can, compartir el hogar con uno. De aquellos humanos que no os poseen, que os ignoran, siempre he pensado que son seres incompletos, por acabar, medio personas; y ahora añado que están incapacitados para emocionarse, para interpretar someramente siquiera las extraordinarias páginas que elaboró este escritor norteamericano. En cada perro y aún en cada lobo dibujado por la perfectísima pluma de London te me representas tú, como en una calcomanía iluminada.
Debieron ser las hojas en blanco para él, al empezarlas, como los infinitos paisajes albos del Ártico —que había paseado años antes—; los hombres atormentados que en sus narraciones los cruzan y recruzan, medidos por sí mismo —ya lo dijo el griego: "el hombre es la medida de todas las cosas"—; y los duros perros arrastradores de trineos, debieron ser para él, fuente eterna de divina inspiración.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Accidentes


Actualicemos, querido perro.
Ayer, yendo de paseo sin decir ni hacer nada por lo que hubiéramos de temer mal alguno, un pequeño diablo negro, disparado por la acera desde uno de los chalés que habíamos dejado atrás, se te avalanzó a dentelladas, sin que yo tuviera ni tiempo ni reflejos para alzarte en mis brazos y ponerte a salvo del ataque. De inmediato su dueño, un joven, apareció tras de él, intentando agarrarlo en sus evoluciones demoníacas mientras yo casi perdía el equilibrio. Se había escapado en un descuido. El joven le lanzó un puntapié, alcanzándole en el lomo, pero ello no impidió que te diese un mordisco en el nacimiento de la cola:
—¿Le ha hecho algo?
—No creo —contesté apresuradamente. Y ahí quedó todo.
En efecto, una detenida revisión entre tus pelos mostró que no tenías ni señal. Bueno está con lo bueno.

Lo peor ocurrió hace una semana, o así. Íbamos por una amplia calle de un barrio nuevo de Castilleja, caminando por el centro de la calzada para evitar que orines en los portales de las casas. Desde los patios de algunas de ellas perros furiosos o saludadores emitían sin descanso ladridos a nuestro paso. Dejamos atrás un chalecito con el portón abierto, en cuya acera jugaban dos chiquillos, y ya alejados más de cien metros oigo "¡¡que se escapa!! ¡ven aquí, ven aquí!".
Esta vez se trataba de un perrazo —también negro— al galope hacia nosotros. Tampoco tuve tiempo de protegerte en alto en mis brazos, sino que atiné a poner el pié a modo de barrera entre él y tú, sabedor de que teméis especialmente a los zapatos, ya sea por canallescas patadas recibidas o por pisotones que nosotros, descuidados, os infrigimos alguna que otra vez.
Desde la dirección del portón abierto y corriendo un individuo de mediana edad, descamisado, gritaba "no hace nada, no hace nada", mas yo, experimentado en estas suertes, mantuve la pierna extendida impidiéndole al mastodonte que te hociscase siquiera. No me fío ni de Dios que venga reencarnado. Me pareció oir del descamisado todavía lejano amenazas como "¡¡no le des patadas que te voy a machacar la cabeza... no le des patadas!!. Supongo que interpretaría, desde su ángulo de visión, que yo estaba pateando a su can, porque al llegar hasta nosotros venía repitiendo lo mismo: ¡no le des patadas, no le des patadas! El tipo apenas atendió a razones, sino que tomó a su perro y sin disculparse siquiera, se lo llevó. Si me hubiera agredido (como ocurre con harta frecuencia a paseantes de perros en semejantes situaciones) me las hubiera visto canutas para demostrar en juicio su culpabilidad, porque el único testigo, con la cabeza hundida en el motor de su utilitario aparcado frente a su chalé, ni se molestó en mirarnos, a pesar de la escandalera que se formó entre tus ladridos y los vozarrones del sujeto.

Bien. Al margen de imprevistos accidentales y de temperamentos psicopatológicos, sigo siendo enemigo de la gente que lleva perros sueltos. Cuando se nos acercan, a tí te ponen muy nervioso, a punto de ataque cardíaco con tus afanes de juego, y a mí dispuesto a la fractura por pérdida de equilibrio y caída. Y luego pienso en el peligro para los ciclistas que van y vienen, para las personas mayores que pasean... y también en el de los propios animales: pueden ser atropellados, pueden perderse, pueden comer basuras dañinas, pueden pelearse entre ellos, dañar sembrados o ensuciar donde no deben...

Un vecino un poco bruto él, en confianza, me decía lo que haría con tales dueños:

—Mira, Antonio. Yo los cogía bien amarrados y los dejaba en el centro de una autopista un buen rato, y luego, si sobrevivían, a cargarlos en un helicóptero y a abandonarlos en mitad del desierto del Sáhara, sin agua, que se las avíen como puedan...

Y yo sonrío.