domingo, 10 de junio de 2012

Concatenación


Estimado perro, recordarás que ayer paseamos por la hijuela de La Gitana tras el hospital, subimos por el olivar hasta el portillo de Albarjáñez, cruzamos este, vimos un conejo cercano y confiado, y salimos a la carretera de Castilleja de Guzmán para regresar por el trigal cameño, por el carril que dejó el camión de los bomberos, campo ahora una piel morena de tierra tostada llena de manchas negras, de estrías negras, de briznas negras, el cual exhala todavía un olor antiguo de vegetal carbonizado.

Ocurrió el miércoles anterior al Corpus. Yo salí de casa como a las seis y media de la tarde ardiente, con la intención de devolver el libro sobre Mateo Alemán a la biblioteca de historia de la Universidad y de paso ponerme al corriente del trascurso de las protestas de los estudiantes por la subida de tasas. Cabalgando la bicicleta, al salir al cruce de Bormujos llamó mi atención una gran nube parda y negruzca que se elevaba al cielo inmensa por encima de las casas junto al Barrio Obrero, y como quiera que disponía de tiempo, giré para indagar las causas. Me adelantaron coches de la policía, que por la avenida de Fernández Viagas hacían sonar sus sirenas.

A la altura del hospital Nisa pude comprobar el origen de la humareda ascendente. El campo de trigo que tanto amábamos era ahora una capa oscura, en cuyos lejanos bordes se alzaban las llamaradas naranjas lamiendo los árboles de los linderos. No quedaba ni una espiga, ni un grano. Yo enfilé la hijuela, comprobando que los dedos del incendio tocaban ya, amenazantes, el pastizal del lado de nuestra Castilleja. Sentí en cara y brazos su calor, y las chispas se arremolinaban en las ruedas de la bici. Al final, junto a las casas aledañas al Barrio un grupo de vecinos, niños, comadres, comentaban absortos el espectáculo.

Un incendio cobra vida propia, toma conciencia de su malignidad y actúa tan inteligentemente como un enorme cerebro implacable, lleno de odio. Ahora comprendo más a los antiguos pueblos adoradores del fuego, aquellos habitantes de Mesopotamia antepasados de las principales culturas en nuestro planeta.

Pobre trigal. Recuerda nuestras excursiones por sus senderos. Desde que brotaron los primeros tallos le he venido prestando atención. Lo conocí adolescente en abril y mayo, verde turquesa salpicado de amapolas, cimbreándose con las frescas brisas de occidente como muchacha en flor, a la sombra esporádica de maravillosas nubes de primavera, al sol, al canto de los grillos y al vuelo de las golondrinas recien llegadas. A principios de junio comenzó a dorarse su ondulante superficie. Me enfurecía contigo cuando, atolondrado, tronchabas alguna espiga, ya completamente madura, saliéndote del caminito. Pronto aquella maravilla vegetal me llegó a la cintura, y tú desfilabas hundido en la bóveda que formaba sobre los ocultos senderillos. Recuerda siempre las margaritas que lo enmarcaban, y a aquel vigilante con su gorra campera, con sus botos engastados en los estribos de su jaca marrón, muchacho serio y respetuoso que se adelantaba siempre a saludarnos desde su montura.
No ha servido de nada. Acaso una mano guiada por una mente estúpida, acaso un accidente ya escrito en los designios del Destino desde los tiempos infinitos. Cuando llegué a Sevilla la nube sucia e informe flotaba sobre la ciudad, empujada por las cambiantes corrientes de aire de la calurosa tarde. Luego diría la prensa que se recibieron más de cincuenta llamadas de vecinos alertando del siniestro, o que se trataba de un simple pastizal.

Este campo de trigo tuvo un aspecto increíble cierto año de barbecho; convertido en un espeso jardín de rojas amapolas, su vista desde las cercanías de nuestra casa hacía dudar si no se trataba de una alucinación. Al fondo el transparente oleaje azul petrificado de Sierra Morena suavizaba la impresión irreal. En este sembrado te encontró Pedro, que antes guardaba la finca desde la casita ahora derruída. Allí te parió —para nosotros— la Naturaleza, sin colmillos todavía y ya con seis meses de vida según cálculo del veterinario. Qué horror si, cuando cachorro desorientado y temeroso, un incendio de estas características te hubiera rodeado. Entonces tu nombre Cisco hubiera tenido plena razón de ser, viejo amigo.

Un fuego así tiene demostradas capacidades de reforzamiento de la memoria. Pensemos en que el fenómeno de la combustión de la leña fué, sin duda, anterior al del desarrollo de la vida animal. La memoria estos días me devolvió un mediodía tan cálido como el del miércoles, siendo yo niño como de diez o doce años. Volvía del pueblo con un mi inseparable amigo por "El Camino", creo recordar que de recibir clases veraniegas, y llevábamos una caja de cerillas adquirida clandestinamente. Llegados al actual campo de la feria ("El Camino" entonces lo cruzaba, cuando era un olivar perteneciente a la hacienda de San Ignacio), jugábamos a lanzar un fósforo encendido al pasto seco y dorado, y cuando prendía la llama, la apagábamos entre risas con un zapateado ágil. Pero el herbazal era gasolina, y cierta vez no nos valieron nuestros pisotones. Fué todo tan rápido, tan sorprendente, que, aterrados, sólo atinamos a huir a la carrera en dirección al refugio seguro de nuestras casas.

Nos dieron de almorzar, en mi caso sin que advirtieran la gran preocupación que me embargaba. Después de comer y remordido y agitado por la mala conciencia, salí en busca de mi amigo —cercano vecino en la misma calle— y apenas tuve que explicarle algo, ya que nuestras miradas lo decían todo. Volvimos al lugar de los hechos con los corazones saltando: el olivar había sido arrasado por las llamas, y sus árboles centenarios tenían los bajos del anterior verde oscuro lleno de vida,  rojo cobrizo, muerto e inerte. Hacia los patios de la hacienda había cierta algarabía, y nos acercamos los dos andando sobre la tierra todavía abrasadora. Varios hombres con aspecto de jornaleros se afanaban transportando cubos de agua, porque las llamas, tras cruzar el campo de parte a parte, atacaban a los corralones y dependencias. Uno de ellos nos hizo seña con la mano, y con una voz recia nos ordenó ir hacia él. Si el ambiente era cálido hasta la asfixia, aquel gesto nos congeló de miedo, casi paralizándonos. Mas, para nuestro alivio, la intención del jornalero era solamente instarnos a que les prestáramos ayuda, tal parecía la amenaza de incencio total que se cernía sobre la gran vivienda. Portamos entre los dos varios cubos, y al rato se controló la peligrosa situación. Al final, el casero nos premió con una brillante moneda de cinco duros a cada uno, que recibimos incrédulos, con nuestras tiznadas manitas abiertas de par en par.

Ya de mayor, pleno de experiencias vitales, desengañado acaso del mundo, volví a ver muchas veces al casero, con su mascota marrón, del brazo de su humilde y sencilla esposa, muy ancianos, paseando por la Calle Real. Me miraba y yo a el, pero creo que no me reconocía.
La hacienda de San Ignacio ha conocido muchos avatares. Tuve noticia —poseo el documento— de la expropiación, tras la Guerra Civil, de los terrenos en donde hoy se asienta nuestra Barriada de la Inmaculada Concepción, terrenos que les pertenecían. Recuerdo a alguno de los herederos de los Arana-Marañón, sus últimos propietarios. No supieron hacer productiva la propiedad. Habían construido, después de nuestra "hazaña", unos cobertizos de obra en los que instalaron aparatosa maquinaria para exprimir aceitunas, grandes depósitos de chapa sobre soportes de vigas de acero, y algún que otro enorme motor eléctrico. Pero todo ello fué pasto del óxido y el abandono, sin que llegaran a funcionar nunca. En aquel cobertizo, a las horas solitarias de la siesta, tuve mis primeros escarceos sexuales con un "novio" de la Barriada, hoy felizmente —parece— casado.

En esta concatenación caprichosa de hechos pasados, quiero terminar, querido Cisco, con un acaecimiento actual, extremadamente vergonzoso y deleznable. Dije que la hacienda había sufrido varios cambios, desde ser alquilada para hotel y para lugar de celebraciones, hasta hoy, convertida en colegio de niños. En este colegio, Yago, quiso matricular una pareja homoparental a su hijo pequeño, pero la administración, gente odiosa e indeseable, se lo impidió por considerar que la familia debe estar constituída por un hombre y una mujer. El asunto está en proceso judicial ahora, pero el inocente niño, seguramente más feliz que la inmensa mayoría de cuantos al amparo de la institución oficial —o, entiéndase, de la tapadera de la prostitución más abyecta— hoy son educados en el colegio Yago ( http://yagoschool.com/presentacion.html ), es quien sufre las consecuencias del papanatismo hipócrita de tan repugnantes directivos. Y mientras, la castillejana Iglesia mira distraída al otro lado, siguiendo las bárbaras consignas de la jerarquía que forman un Asenjo, un Rouco y un Ratzinger. La clerigalla machista de este pueblo, coreada por costaleros cerveceros, beatonas futboleras y maricas autorreprimidos, opta por ridiculizar la homosexualidad, por ahora, mientras prepara la pira cuyas llamas purifiquen por fin —eso cree semejante hato de enfermos mentales— su ahogado deseo de adorables penes. Seguro que su cobardía prefiere sueños platónicos con el del Borbón uniformado de General de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire.

martes, 5 de junio de 2012

Tarde


Cisco, qué aburrimiento mientras llega la hora fresca de la tarde, cuando ya se puede dar el paseíto. Tengo que acabar de cortar unas ramas del limonero, debería barrer un poco y ordenar los papeles que abarrotan mesas y sillas, limpiar la cocina y el cuarto de baño, transcribir apuntes, terminar de leer el libro en préstamo de la Universidad, qué se yo.

Pero la siesta es lo que tiene. Tras el viaje onírico arrullado por el ventilador, apenas el cerebro es capaz de sugerir una actividad aceptable; se levanta uno de la cama en blanco, todo gira lentamente en torno al calor, y un colacao con leche caliente, como narcótico, acaba de anular cualquier expresión de la voluntad.

Iba esta mañana a hacer que te corten el pelo, pero la pantalla de plasma de un televisor en la sala de espera del veterinario me orientó al respecto, al aconsejar no hacerlo porque la capa que en invierno os abriga, en verano es aislante eficaz. Interrogada la doctora, se mostró de acuerdo con ello, así que este verano te quedarás como estás, con tu pelambrera negra y brillante que recuerda eso mismo, un aterciopelado cisco de brasero.
Acabo de librarte de una garrapata inmune a los efectos de la ampolla desinsectante que te administro mensualmente. El bichillo se había situado en tu cuello, pero las caricias de mis dedos, que tanto y tanto te prodigo a lo largo de las horas, la han detectado. Bastó una gota de alcohol en un bastoncillo de oídos y la precisa pinza de metal para devolverte la placidez que proporciona saberse atendido y cuidado con amor, como yo te cuido, ¿eh, pájaro?.

Ya son las ocho menos veinticinco. Dentro de un ratito empuñaré la sierra, y en lo alto de la escalera, sumergido entre la hojarasca verde y perfumada, mutilaré los robustos brazos que en un año le han crecido al árbol de los frutos amarillos.
Y luego, con toda la solemnidad que requiere acto tan importante, saldremos los dos al camino, tú rastreando pistas de otros cánidos y yo pensando en... ¡ejem!, el juego del mete-saca, que estos tiempos ardorosos no dan para más.