viernes, 11 de noviembre de 2011

Los niños y los muertos

Esta mañana, querido can, por tal de desentumecer las piernas, he cogido la burricleta para ir a Valencina (antes del Alcor, ahora de la Concepción) y de paso, comprar fruta. Por el carril-bici, ¡ap, op, ep, aro, ap, op, ep, aro! en un periquete me encajé en el pueblo. Conseguida unas buenas uvas y unos no malos caquis, a 4,60 € el total, decidí volver a través del campo, porque el cielo despejado y el agradable sol a ello convidaban.
Por el camino terrizo del dolmen "La Pastora" hacia Castilleja de Guzmán, sorteando piedras y baches, silbando feliz entre olivaritos voy, cuesta arriba y cuesta abajo. Al fondo, tras las suavemente onduladas lomas en las que pacen pardas caballerías, se abre la Vega, siempre azulceleste. Los pájaros en bandadas picotean semillas. Me cruzo con un tractor y su viejo conductor me devuelve el amigable gesto que le hago con la mano.
A la altura del dolmen distingo un colorido grupo de gente que no tardo en identificar como colegiales visitando el prehistórico enterramiento, y enderezando por un senderillo me dirijo a él por ver de participar, de gorra, en el evento.
¡Vaya! Son niños, pero muy muy niños. A su cuidado, una señorita, un muchachote y el uniformado conductor del autobús que los ha traído, según me comunican. Tras pedir el preceptivo permiso con toda educación, aparco la bicicleta en un talud y penetro por el portón de gruesa chapa; dentro, guiados por las linternas de otros monitores, ya hay un grupito de chiquillos, los cuales avanzan vacilantes por el estrecho e interminable pasillo. Los han dividido porque, luego supe, no está permitida la entrada a más de seis personas a la vez.
Los niños no, pero yo he de progresar encorvado y con las piernas flexionadas, si no quiero rascarme la coronilla con las lascas pétreas que forman la techumbre del pasadizo. Al fondo existe una cámara circular de una altura que permite enderezarse a los adultos; son los que nos reunimos, además de un servidor, otro joven y una muchacha empleada del Ayuntamiento, que ejerce de guía, mas cinco o seis gurripatos. Nos da ella una explicaciones someras del habitáculo, sustituyendo la palabra "muerto" por la de "difunto" porque —comenta— no quiere aterrorizar —más de lo que está ya— a la absorta chiquillería, que con ojos asombrados y bocas herméticas mira al techo tenebroso. Hace calor ahí dentro, y siento por la cara correr el sudor.
Salimos por fin, yo entre los críos. Llevo delante una niñita rubia que tropieza con las irregularidades del suelo. Calza unos botines con pequeños pilotitos rojos en los tacones, que se encienden tenuemente en cada pisada.
En la explanada de la puerta espera, sentada en el suelo herboso, otra tanda de chiquitirrines. Me despido y, ya alejado unos metros con el velocípedo de la mano, recuerdo que llevo la sopranino en el trasportín. No resisto entonces entonar unas sencillitas notas, por tal de ver la reacción de los escolares, así que, piiiiiiiii pi pi piiii piiiii, y vuelven las caritas al unísono. Soy breve, porque una de las niñas se levanta y con la vista fija se dirige a mí sin titubear, absolutamente encantada, pero la maestra, alarmada (algo que comprendo: no está el horno para bollos) la llama: "¡¡Esperanzaa, Esperanzaa!!", y desisto de seguir. Aunque la cuidadora, acaso para enmendar, pide al abrupto final un aplauso reparador, me queda cierta amargura; mas, como escribió Pío Baroja: "el mundo es ansí". Es, o mejor dicho ahora, está ansí, porque yo he conocido tiempos mejores, cuando los enanitos se te subían encima, sin reparos de sus mayores, y te babeaban la boquilla de la dulzaina.
Bueno, Cisco. Me conformaré contigo. Al fin y al cabo, tú eres mi niño.
Ya hacían unos buenos veinte años que no entraba en el dolmen de La Pastora, tan celosamente guardado ahora para protegerlo del vandalismo, pero recuerdo de joven haberme cobijado en él de la lluvia, tras volver de noche de alguna excursión por las rutas del mosto.

Ahora en casa, con la lata de cruzcampo en la mano, sintiendo tus hocicadas en las pantorrillas (¿también quieres que te mire mientras comes? ¿o que te hable?), me repaso la dentadura con la lengua recordando a los ancestros. Por la ventana de la cocina la luz que incide en la mesa es milenaria ahora, y siento la vejez del entorno. Tú, lobo descafeinado de antigua mirada, chascas el pienso seco, y yo percibo esta casa como una casa antigua que ahora me parece extraña, y una Castilleja no menos extraña, vieja vieja vieja.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Reconciliación fláuticoperrera

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Título: Reconciliación.
Vocalista: Cisco.
A la flauta: Antonio.