domingo, 12 de junio de 2011

Parte al Generalísimo

¿Quieres saber lo que hice ayer por la tarde, Jefe?
Me fui con la bici a apoyar a los Indignados sevillanos en la protesta contra la constitución del nuevo ayuntamiento hispalense. Había pensado montar algún numerito en Castilleja, pero habida cuenta de los cuatro mamarrachos que nos van a gobernar, que no merecen ni doblar el espinazo para propinarles una pedrada misericordiosa y que son la justa correspondencia del populacho canallesco que los sostiene, opté por participar donde —históricamente— se han tomado las decisiones importantes concernientes a nuestra Villa, tan cercana a la gran urbe.
Perrate, aquello era impresionante. El ayuntamiento estaba rodeado por todos tres costados (porque el cuarto lo habían vallado) por una multitud, un griterío, una gestualidad, un desbordamiento de emociones y sentimientos, una vitalidad, que raptaban las mentes de cuantos por allí pasaban.
Gran despliegue de las fuerzas represivas, con hileras de furgones empacados de aporreadores. Del lado de los nobles, de los buenos, pancartas de los barrios, gentes armadas solo con cacerolas y silbatos. Acaso tres o cuatro mil, incluso cinco en ciertos momentos. Cada vez que uno o varios ediles trajeados, caraduras, chulescos, atravesaban el espacio despejado por los guardias, la multitud dábales la malvenida con un estruendo de apelativos, silbidos y abucheos que en contadas ocasiones eran resistidos por aquella chusma, que ante la furia desatada no lograba mantener el tipo hasta al menos haber cruzado el vestíbulo de la Casa.
Lo apoteósico venía cuando se avistaba algún uniforme militar (yo distinguí el albo hipócrita de la Marina y el repugnante caqui de Tierra): entonces se disparaba el odio y el desprecio de las gentes, que coreaban atronadoramente "¡¡payasoooo payasoooo!!. Yo también grité con todas mis fuerzas, con verdaderas ganas, hasta el punto de que esta mañana amanecí con ronquera. Fantoches, esbirros vendidos a los criminales de la OTAN, que teorizan sobre paz y orden en lugar de sobre justicia y derechos humanos y que, hoy por hoy y mal que nos pese son, con Juan Carlos a la cabeza y en su alianza con los empresarios, quienes cortan y reparten el bacalao.
En el ínterin se entonaban cánticos ya de todos conocidos, como "Se llama democracia y no lo es" o la adaptación de "Pena penita pena".
Y así pasaron cerca de dos horas. A la caída del sol, los sevillanos, lo mejor de los sevillanos serios, solidarios, responsables, amables en el sentido de dignos de amor, todos los sevillanos porque los que no tomaron parte son "masa" anodina y amorfa, formados frente al Banco de España y respaldados por una sentida y espontánea batucada de tamboras y panderetas, volcaron los corazones de cuantos allí estábamos, aclamando a su ciudad y condenando a los electos que, cual ratas, salían por la puerta trasera a la plaza de San Francisco, escabulléndose con cobardía. Entonces cantaron "La cucaracha" según se hace también estos días por los Indignados de otras ciudades, rememorando los gloriosos tiempos de la Revolución Mexicana. Luego, algunos concejales de menor cuantía —en el sentido de no disponer de coches oficiales— hubieron de cruzar hacia la avenida de la Constitución. Los manifestantes volábamos a despedirlos. Las cacerolas sonaban a escasos centímetros de sus oídos, los gritos, las acusaciones, los índices señalando los envolvían. Se adivinaba a los policías de paisano listos para intervenir.
Por fin, aunque ni a Rajoy ni a Griñán les vimos el pelo, el nuevo alcalde salió, en un risible alarde de echar huevos, por la puerta grande. Un momento antes, en silencio y con decisión aterrorizante, los policías se desplegaron entre la multitud, para protegerlo, sin conseguir a pesar de sus lúgubres talantes que los sevillanos arremolinados lo rodearan increpándole como se merece. Un muchachote con casco de obrero pintado de consignas y enarbolando una pancarta del 15-M le cortó el paso expresándole con mímica que tenía el rostro de cemento y, como un perro acorralado, el nuevo mandamás tuvo que recurrir a ladrar algo, aunque a todos nos parecieron gañidos. Se hizo merecedor, con su gesta, a la Medalla de la Gran Cagada.
Esto de Zoido acaso te interese en especial, Cisco del alma. Te deseo que nunca en el resto de tu vida gentes nobles hasta la raíz de los cabellos y hasta el fondo de las almas te tengan que abochornar, como abochornaron al flamante alcalde del Partido Popular en Sevilla Zoido cuando acabó la ceremonia de investidura del nuevo ayuntamiento en la tarde soleada y clara del sábado día 11 de junio de 2011.
¡Viva, viva, viva el Movimiento de los Indignados!
¡Guau, guau, guau, guarraguau!