Creo que, en aras de una mayor manejabilidad, debemos incluir todo ello en la amplísima noción o concepto de "El Mal". Al fin y al cabo, todo lo que percibimos como doloroso lo catalogamos de inmediato como "malo".
En el nivel más inferior, por estructurar nuestra pesquisa de alguna manera, nos encontramos con el mal físico, el que produce dolor, esa desagradable sensación en nuestro organismo. Luego, a otras escalas, están las abstracciones del dolor moral, de la pesadumbre intelectual, etc., etc. Pero de todo ello podemos prescindir sin mayores dilaciones, en cuanto que ya establecimos desde el principio una especie de pacto o declaración de intenciones: los constructos mentales, las divagaciones metafísicas, estéticas, éticas, místicas o de cualquier otra índole que escape a lo puramente material, no son por ahora diana de nuestra especulación. Así que vamos a atacar el mal en el mundo, pero en el plano material. Es el dolor lo que nos interesa. Su génesis, su origen, su finalidad.
Podríamos pensar que el mal así entendido solo tiene una utilidad, que es la de resaltar el bien, definiéndolo como su antagonista. Gracias al mal, somos conscientes del bien.
También en el mismo sentido, podríamos considerar al dolor como una señal de alarma, que nos avisa de que algo va mal. Recuerda el ejemplo tan manido del que se está quemando, que si no lo sintiera o lo percibiese como una sensación placentera, perdería piel, músculo y hasta hueso por la acción de las llamas.
Veo luz en tus ojos. Ni mucho menos es la aceptabilidad del dolor en el mundo, ya lo sé. Los estoicos griegos andaron por ese camino. Ahora medito sobre si es más importante padecerlo o erradicarlo de nuestras vidas, o bien saber con exactitud y certeza su origen y finalidad; quizá demuestre mi debilidad rehuyendo el verdadero problema, pero ciertamente duele, y mucho, no saber el rotundo ¿porqué? del mal en el mundo.
Hasta el punto que,— creo—, que si comprendiésemos para qué sirve el mal, éste dejaría de serlo. Y ahora con esto desembocamos brusca y luminosamente en una conclusión: que el verdadero mal es la ignorancia.
Pero... ¿dónde estás? ¡Ciscoooo! ¿dónde andas?
Cisco se ha marchado al patio, a contemplar las pocas estrellas que se vislumbran en los grandes claros que dejan nubarrones fosforescentes. Pero la noche ya no es tan oscura para mí, con este descubrimiento que, gracias sobre todo a él, he hecho sobre la ignorancia. Decubrimiento... ¿o redescubrimiento? La maldita ignorancia.
El hombre, en su necesidad vital de saber, es capaz de ocasionar dolores sin límites a sus semejantes.
¡Qué alivio —imagino ahora— saber las causas últimas de un dolor de muelas!

1 comentarios:
Excedlente reflexión Antonio, después de leerte también yo tengo más claro el por qué del dolor, y la pesadumbre de que lo haya ideado el hombre.
Besos.
pd: Deja que Cisco disfrute de las estrellas. No las ideó el hombre.
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