martes, 19 de abril de 2011

Ciscus merula atento a las leyes de la naturaleza divina


A la tercera vez que se dejó caer del nido caí yo también (en la cuenta, gracias a Internet) que los pichones de turdus merula, vulgarmente mirlos, sin todavía saber volar tienen ese comportamiento. A riesgo de destriparse contra el suelo, porque desde una altura de 3 metros es bastante probable, luego se esconden donde buenamente pueden, y llaman a sus padres, los cuales los siguen alimentando y cuidando ahora a ras de tierra, hasta que logran emprender el vuelo.
Así se explica el ajetreo de mirlos adultos que hemos presenciado al fondo del corral durante marzo y lo que llevamos de abril, que es su época de cría, entre la gran adelfa y el enorme limonero (que plantó el viejo, q.e.p.d. como se suele decir) .
Cuando, alertado por tus insistentes ladridos, descubrí la primera vez al volantón horrorizado de tu cara y tu voz, piando desaforadamente bajo un matorral del arriate, no sabía que había nidos, así que lo cogí y lo puse tiernamente en la azotea, fuera del alcance de tus juegos mortíferos y con la esperanza de que sus padres volvieran por él. Luego inspeccioné ocularmente el entorno, y para mi sorpresa, había ¡un nido! entre la adelfa y el jazmín y el limonero —que todos tres son casi la misma cosa por la falta de poda—.
Cisco, un nido es un milagro de la naturaleza, un fenómeno aureolado de misterio dulce, de magia enternecedora, oscuro e inaccesible entre las ramas como un fruto ajeno e íntimo que hasta el árbol agradece con columpios fraternales y sombras amigables.
Saqué la escalera de la cabaña, recogí el pajarito y lo deposité en el suave y tibio fondo sedoso de la copa de ramitas, hojas y barro seco que tan increíblemente encajaba entre las horquillas de ramas como dedos orgullosos, como manos agradecidas.
Horas después volvió a caer, volviste a ladrar, volví a recuperarlo. Y a la tercera, tras teclear "mirlo" en Google, comprendí.
Ahora te he cerrado la cancela del corralito, para ver si, confiados, vuelven sus padres; tú estás intranquilo por la casa, con una mirada entre triste y brillante, atento a los sonidos del fondo arbóreo, solicitándome un no sé qué continuamente. Pero no voy a ceder, no. Esperaremos un par de días, a ver que pasa.
¡Ah!, apuntemos también, ya que estamos en materia, que estos días una pareja de golondrinas viene al patio con la primera luz de la mañana a cotorrear en los alambres de la ropa, así que no me extrañaría que nos hicieran el honor de construir su nido en nuestro hogar, Cisco, pero no te preocupes: nadie ni nada te sustituirá en mi corazón nunca. El otro día le dije a Simón Sanchez en la puerta del bar "Canela" que, puesto a elegir mirar el vuelo de un aeroplano o de una golondrina, prefiero el de esta última. Las aves son la sal de la vida, chato. Pero tú, aunque no despegues mucho de la tierra, eres el mejor pájaro del mundo.

domingo, 17 de abril de 2011

Hacia la vejez, con sabiduría gitana


La merluzada automovilística deja despejado el barrio y sus alrededores, fachorris con sus muñecos y materialistas a empercochar playas, riachuelos y bosques. Me parece estar solo contigo en el mundo, Cisco hermano. En honor a estos días de paz y sosiego, a modo de hito recordatorio en nuestras vidas, vaya una fotito de tu figura, que ya acusa la madurez serena, la perspicacia paternalista y la sabiduría honda que dan los años, cuando pasan e inciden en un substrato de excepcional valía, como es tu persona.*

* Nadie se escandalice, ni fachorris ni materialistas: persona viene del griego "personar", o sonar a través de, porque los artistas del teatro clásico usaban unas máscaras para personificar a sus personajes, hablando a través de ellas y así creando diversos efectos sonoros. Guau.


miércoles, 6 de abril de 2011

La vida, la vidorra.

Te veo cansadillo, parpadeando con frecuencia mientras me miras a la espera de la indicación de ¡vamos a la cama! Y hace calor. Pero no iremos a dormir sin antes filosofar un poquito, pequeño. No, no gruñas. Es solo un momento.
Nos toca desarrollar el concepto de vida; "¿qué es la vida?", preguntó un poeta, y nadie supo darle contestación, claro. Porque pretender definir algo desde dentro de ese algo viene
a ser como aquello de lo definido dentro de la definición que nos enseñaban en la escuela: ¿qué es un caballo? Un caballo es un caballo que tiene cuatro patas, cabeza alargada, cola larga, pezuñas ... No es una contestación aceptable, como tampoco lo es definir la vida estando vivo.
La vida soy yo, podría afirmar un listillo, y después irse tan pancho al bar, a ver el partido de fútbol. Tampoco es eso: eso es la vidorra.
Definir la vida desde nuestra perspectiva es tan imposible como inflar un globo desde dentro. Podremos creer que estamos agrandándolo, pero es una falsa ilusión, porque a la vez menguamos nosotros mismos.
Pero a la postre, la supuesta necesidad de tal definición es un problema artificial que no conduce a ninguna parte, o si acaso, a entablar discusiones estúpidas con antiabortistas, pongo por caso. Nosotros dos, querido Cisco, vamos por la parte del león. Y esta parte es que somos parte, perdón por la redundancia, de un sistema u organismo infinito y "vivo". O sea, que la vida no tiene límites. Podemos hablar lo mismo de energía, porque son dos conceptos intercambiables. La energía ni se crea ni se destruye. La vida tampoco, y lo que llamamos muerte y tanto nos asusta no es más que una transformación de una forma de energía a otra. Eso está más claro que el caldo de un asilo, Cisco.
Entonces... ¿porqué ese miedo tan arraigado entre nosotros a la muerte? Creo que es porque ese cambio energético, por así llamarlo, va asociado al sufrimiento físico, a la enfermedad. Si muriéramos experimentando un orgasmo, por ejemplo, ten por seguro que el paso no sería tan traumático.
Entonces... ¿porqué el sufrimiento y la enfermedad y el dolor? Bueno, el dolor es nuestro más fiel compañero, no solamente a la hora del tránsito final, sino desde que nacemos, así que no deberíamos considerar que el dolor a la hora de morir es peor que los que hemos sentido a lo largo de los años de nuestras vidas.
Ahora nos corresponde reflexionar acerca del dolor, de la enfermedad y del sufrimiento, pero disociado de la muerte. Así, esta muerte viene a ser un acaecimiento natural, que forma parte de la ilimitada maquinaria de vida de la cual formamos parte.
Y se acabó por hoy. Me voy a calentar el vasito de leche, y vamos a ver qué hay a ese otro lado de la realidad que son los sueños.