lunes, 28 de marzo de 2011

Divagando. A vueltas con el tiempo.

En vez de pensar lo que te digo, Cisco, hoy te voy a decir lo que pienso: he visto en la puerta de una iglesia unas docenas de enchaquetados de azul marino. Pasaba un viejo chocho en aquel momento por la acera de enfrente, y he pensado —pero no lo he dicho— que si se hubiera liado a bastonazos en las espaldas del enjambre, se hubieran formado nubes de polvo del siglo XIX para atrás, oye; algunos llevan arañas en los sobacos, y cuando se persignan salen corriendo por los bancos escandalizadas.
Todo esto de la creación es una trola de las gordas, pero cualquiera se sube al púlpito a declararlo. La creación ... menuda mentira. En el universo está todo dado, querido amigo; la energía ni se crea ni se destruye. Y como la energía, la materia, que es una forma de ella. El cosmos está en equilibrio, y el tiempo (por si algún imbécil te pregunta que cuándo empezó todo) es solidario e inseparable del espacio. Algún loco abstraído pensó que podía aislarlo, y caló la mamarrachada, sobre todo en los susodichos.
Yo, que poseo, como bien sabes, un número de pie algo... mmm... "aparatoso", me tropiezo de cuando en vez con alguien que me lo hace recordar, y últimamente respondo:
—La creación es un cuento, estimado amigo. Todo está dado desde siempre, mira: te voy a dar una pista del número que calzo, y es que es inversamente proporcional a tu coeficiente intelectual. Eso demuestra que el mundo está en equilibrio. Todo lo que me sobra a mí por abajo te falta a tí por arriba. Es maravilloso, ¿no te parece?

Y mi interlocutor ocasional comprende, y se queda absorto. Le leo el pensamiento.

EPÍLOGO.
Cisco, el tiempo fue una invención de los ociosos que no tenían nada más que hacer que mirar el paso de las nubes, de las muchachas en flor, de las moscas. Así que, hasta luego*.

* Palabra vacía de significado, según se acaba de demostrar.

sábado, 5 de marzo de 2011

Espacio. Territorio.

—Ha llamado Reyes.
—¡Cisco, te he dicho que no toques el teléfono!
—¿Que no lo toque? ¿porqué?
—Tú no puedes agarrar bien el auricular, con estas torpes manos que tienes, y se te va a caer. Ya estoy viendo el micrófono rodando hasta el patio.
—¿Torpes manos las mías? No digas tonterías. No me hacen falta deditos largos y articulados, Antoñito. ¿Te crees superior porque puedas coger cosas? ¿Estás más en el mundo por ello? ¿Percibes la realidad con más exactitud? Mira, verás: yo con la boca sé más de las cosas que tú con todo el despliegue de sentidos de que haces alarde, manitas. Con mi boca puedo desde darte esos bocaditos cariñosos en la nariz que tanta gracia te hacen, hasta arrancártela de cuajo de un mordisco, no lo olvides.
—¿?
—Nosotros observamos el entorno con toda la cara, y con ella detectamos si las cosas están tibias o frías, duras o blandas; las vemos tan de cerca que somos prácticamente parte de ellas; las olfateamos, percibimos sus vibraciones con nuestros bigotes. Y como el espacio es, ni más ni menos, el depósito de las cosas, nuestra experiencia de tal espacio está tan integrada en nosotros mismos que no se nos ocurriría nunca especular sobre si es curvo o si tiene catorce dimensiones.
—¿Sí? Y... ¿cómo me ves entonces? ¿qué te parezco?
—¡Ja ja ja! Tienes gracia. Paso de la pregunta, por ahora. Lo que de verdad te interesa saber es lo del espacio, y su correlato, el tiempo, ahora que estabas tocando el tema. Mira, Antonio: decías que el tiempo no tiene realidad alguna, porque es la suma de puntos sin dimensión. O sea, algo así como España, que algunos quieren que sea la suma de gallegos, cántabros, vascos, aragoneses, catalanes, valencianos, andaluces, extremeños, etc., etc.
—En eso te doy la razón. No he visto concepto más absurdo que el de Nación Española. Recuerdo aquella pregunta de "pega" que nos hacían en la escuela: "¿Cuanto suman dos plátanos, tres peras y ocho manzanas?".
—No me río, querido amo, porque la cosa es demasiado trágica. Estas gentes mangoneadoras desde Madrid llevan siglos sacando tajada del dichoso Ente, y así estamos. Son capaces de las mayores canalladas con tal de mantenerse en la sacrosanta administración del país.
—Claro que sí, Cisco. Y su principal argumento es la lengua, el lenguaje del Imperio, que decía Nebrija. Pero no te preocupes, que con las herramientas filosóficas que tengo, vamos poco a poco a rebatir todo lo que, movidos como están por intereses egoístas, expongan.
—Y yo que lo vea. ¡Ah, otra cosa! Vosotros, con las manitas, estais cargándoos el mundo.

miércoles, 2 de marzo de 2011

El Tiempo y el Concepto

Hola, Verdial; aprovecho el rato que Antonio dedica a hacer las compras, para contestarte. Pero en cuanto oiga la puerta, tendré que interrumpir...
Mira: cuando mi simpático amo tira una piedra, desde que abandona su mano hasta que aterriza pasa —describiendo la consabida parábola aérea— por un número indeterminado de puntos en el espacio. Y a este conjunto de puntos se le llama tiempo. Que es una palabra, cuya articulación o pronunciación requiere también de eso mismo a lo que alude, o sea, de tiempo, algo hecho de la misma sustancia que la parábola pétrea. Así, podríamos hablar del tiempo que tarda un tartamudo en decir "tiempo", por ejemplo, e incluso medirlo con aparatos sumamente precisos. Volveremos sobre ello luego.
Ahora, ayúdame tú pensando conmigo en que, en el lenguaje humanoide, podemos añadir prefijos a las palabras, para indicar otra cosa de lo que originariamente indican, como por ejemplo, el prefijo a- añadido a nuestro "tiempo"; lo que nos daría "atemporal", o sea, fuera del tiempo, fuera de la parábola de la piedra de Antonio. En otros casos más cotidianos de añadiduras de prefijos no quiero entrar, porque su praxis es de todos conocida y aceptada, pero en el caso de la "atemporalidad", se me plantean agudos problemas filosóficos, hasta el punto de que pienso que, en tal ámbito, no es más que un juego de palabras, que, como los niños forman puzzles, los académicos de la teoría del pensamiento han formado, a modo de juego, para entretener sus ocios y de paso ganar algún dinerillo dando conferencias, clases magistrales y libros a la prensa.
Porque, querida Verdial, como decía el sobredicho Antonio, fuera del tiempo no hay nada, y en este caso, la atemporalidad es un concepto vacuo, artificioso, falso y sin realidad, cuyo reflejo en la mente es una imposición de esos malabaristas del lenguaje que se dedican a pegar sufijos y prefijos en las palabras de la vida diaria, "a ver que sale", en vez de sudarla con un pico y una espiocha, que es más duro y sacrificado.
De manera que sí, mucho concepto, mucha teoría, mucha abstración, mucha elevación de la mente, mucho idealismo, pero en cuanto se dicen cuatro verdades, todo se viene abajo estrepitosamente.
Pero hay más, porque puestos a tirar por tierra el tinglado, soy de los que no paran, vamos. Y lo digo sin fanfarronería alguna, ¿eh? Me venía a referir al mismo tiempo, al mismo concepto de tiempo, y voy a salirme de él, pero no por la puerta, como diría aquél, que es lo civilizado, sino derribando la fachada: por de pronto, te adelanto, con rapidez, que viene el amo, que el tiempo no existe.

Oye, te dejo, que ya está aquí. Guau.