lunes, 28 de febrero de 2011

El Ser y el Tiempo.

Te estás haciendo viejo. Me vas alcanzando. Ya falta menos para que se nos desvele el misterio. Espero que nos vaya bien cuando el guarda-agujas nos de la señal de salida. Pero es una esperanza pueril, casi una forma de auto-engaño, un modo de sugestión, una droga que el cerebro produce porque si se enfrentara a la cruda realidad, se fundiría como una bombilla. El cerebro no está diseñado para soportar lógicas de tal magnitud.
En cualquier caso, he tenido suerte con compartir contigo esta etapa, que ya apunta a ser la última, por ley natural. Pero no hay que esperar nada. Nos morimos, y punto. Ni tan siquiera sabemos el momento exacto. Nadie lo sabe, nadie lo puede certificar. El instante no tiene esencia alguna. No está sustanciado ni siquiera en algún lugar concreto de la cabeza humana, ni perruna, ni pajaril, ni hormiguera. Ni en el trueno, la ola, el viento, la hoja que cae desde el árbol, los ángeles o el demonio. Ni mucho menos en la idea, ya que pensar el instante es del todo imposible. El pensamiento es tiempo, o, más que tiempo, una caricatura de él, un simulacro demencial, un vaivén de atracción de feria.

El amor que te tengo es más importante que la muerte, o, por lo menos, más real, más humano y asequible, más a mi medida. Claro que... cabe que viva contigo porque necesito dar un achuchón de vez en cuando a algo vivo, vivo en el sentido de que se mueva, transmita calor, haga ruido...
En este caso por mi parte sería una necesidad puramente animal, como la que tienes tú de atención, de alguna palabrita cariñosa siquiera—en eso eres más sincero que yo, con esa espontaneidad tuya tan exigente y rotunda—. De todos modos, me enorgullecería que entre tú y yo hubiera pura animalidad y nada más que pura animalidad. Esa es tu genialidad, la lección que inoculas en mi alma sin que yo me percata de que me la suministras, de que la recibo, de que me enseñas a vivir.