sábado, 20 de noviembre de 2010

Vamos a escribir algo, a falta de otra cosa mejor que hacer, mientras acaba de llover. Lástima de mañana, que tenía reservada para agitar alguna que otra pancarta en otra que alguna manifestación en la capital, manifas que en vista del mal tiempo es de suponer que se han pospuesto. Acabo, por demás, de trasegar con las lentejas un par de vasos de Paternina Banda Azul, así que convenientemente acalorado, el bailoteo de los dedos sobre las teclas es la mejor evasiva de semejante frustración, y con los alcohólicos efectos, hasta el cante de la canal que desagua al pie de la ventana incluso parece adquirir tintes menos tristes que alegres.

Dos comentarios sobre literatura abren este galopante tecleo:

Eduardo Chamorro, antiguo colaborador de la apreciada revista "Triunfo", se me ha desvelado en una obra suya sobre el conde-duque de Olivares, de enfoque psicológico, como un vulgar cultivador de tópicos del Siglo de Oro sin posibilidad de redención, con su aplastante insistencia en considerar clave, para el desentrañamiento y comprensión de aquellas mentalidades, la creencia en un dios uno y trino y su reflejo en una santa madre iglesia, virgen inmaculada por medio.
Ni mucho menos. Insisto, repitiendo la opinión que con abundancia expreso en mi otro blog, "Castilleja de la Cuesta", que la iglesia y el hecho religioso en la sociedad del XVI y el XVII estaban tan impregnados de intereses personales, egoístas y prácticos, que las supuestas protagonizaciones psíquicas de la religión a duras penas alcanzaban a ser algo más que ceremonias pseudofolclóricas ampliamente documentadas, si bien sólidamente imbricadas en el ejercicio del poder; por ello, presentar como hace Chamorro a un conde-duque Guzmán planteándose arduos conflictos de fe para explicarse las conductas de los holandeses es eso: un recurso al tópico fácil que tanto han masticado innúmeros historiadores desde aquellos tiempos.
Uno se va haciendo viejo y desinteresado, y tal pérdida de pasión conlleva a sospesar en estos días la colección de viejas revistas de "Triunfo" pensando, acaso engañado, que disfruta ahora de mayor dosis de objetividad.
¿Realidad, engaño? Sigamos, antes de que se difuminen los efectos del Paternina.
Mario Onaindia (u Onaindía, como parece preferir, ignorando los preceptos de Euskaltzaindia en lo que a acentuaciones del euskara se refiere) ha escrito una "Guía para entender el laberinto vasco" en la que afirma cosas tan risibles como que la Guardia Civil es muy apreciada y querida en Euskalherria. El hombre, ya fallecido, tras militar en ETA y padecer una condena a muerte en tiempos de Franco, aprovechó la Transición para engancharse al tren del PSOE, y soltaba en los mitines postPaco tacos tan chirriantes como el que antecede, entre los aplausos y aquiescencias de los socialistas.
Dice en su insoportable mamotreto, la Guía, que merced a su afición a las películas del Far West, quería ser como el típico mestizo que intermedia entre los soldados norteamericanos y los indios, o, entiéndase, entre los españoles y los vascos. Pero lo más curioso es su apellido y que, habiendo nuestro ex-activista de ETA estudiado Filología Vasca, no se refiera en ningún momento a que está compuesto ni más ni menos que de "ona" ("bueno", en euskara), e "india" ("indiar", "indio" en dicho idioma). Lo que nos da un Mario Indiobueno muy a propósito para refrendar sus benéficas intenciones en el conflicto de los independentistas como experto explorador de rastros, intérprete bilingüe y héroe antifranquista reconvertido.

¿Te has enterado de algo, Cisco? ¡Qué lástima que no sepas hacer comentarios, para que quede constancia de tus opiniones, sabias sin duda!