miércoles, 7 de julio de 2010

Purificación

Ayer volví al santuario, Cisco; tú, como Espíritu Santo que eres, no necesitas de estos ritos, pero en mi triste caso, los posos negros de frustraciones y envidias me envenenan el miserable cuerpo, y como esos enfermos del riñón que se hacen limpiar la sangre con una máquina, yo llevo a cabo mi particular catarsis en El Carambolo, que además está más cerca que El Rocío.
Ayer volví, te decía. Iba en bicicleta, liviano, trascendido del acto y del momento, cortando el aire cálido por las curvas de la carretera y sus rotondas, a un lado y a otro los nuevos barrios, cruzándome con mozalbetes descamisados a bordo de estruendosas motos. Tras la última cuesta al pie del Cerro Sagrado elegí un caminito en escarpe, casi ahogado por los matorrales espinosos, llenos de racimos de caracoles en semimortal veraneo. Los viejos pinos no habían sido dañados por la quema reciente de áreas de rastrojos. Todo estaba muy parecido a como lo dejé el otoño pasado. Residuos y basuras de excursionistas y de gente de la botellona por doquier. Varios mirlos y abubillas volaron por los majestuosos árboles de copa en copa, espantados por mi presencia. No pienso que las abubillas sean coprófagas, como creíamos a pie juntillas los chiquillos del barrio, sino que son de los pájaros más bellos que habitan estos parajes. Cantos de otros, ocultos en la hojarasca llenaban el aire ardiente, y un ejército de chicharras desbastaba las fragosidades de la temperatura, pero ahora la vaharada hirviente parece empujarme bajo los brazos hacia zonas más ideales y sublimes, hecho yo también ente volador y ascendente. Arañándome las pantorrillas —voy en pantalón corto— prosigo trepando por senderillos en zigzag, y a media altura me cruzo con un hombre de cabeza afeitada y polo color naranja que me recuerda a los monjes de Hare Krisna, aunque luego caigo en que éstos usan túnicas azafrán. En mitad de un caminito llama mi atención el negro y perfecto agujero de forro sedoso de una tarántula, y me sorprende que sobreviva en tan transitado lugar. Recordando una niñez de consumado aracnólogo, corto una pajita y urgo con ella en la oscura madriguera, y al momento compruebo que su habitante está presta a defenderse de la intrusión. La dejo en paz no sin un posterior autorreproche, y unos metros adelante una miríada de mariposillas amistosas de alitas moradas me rodea, como buscándome en las barbas acaso —se me ocurre— algún imperceptible rastro del dentífrico que usé al comenzar el día. A la izquierda, recortados en el amplio y luminoso panorama que es la Vega al norte de Sevilla, azulenca bajo el sol y rumorosa como una caracola marina, revolotean unos diminutos pajarillos que no logro identificar, posándose en los tallos resecos de los hinojos. Por fin llego a la cumbre. Pasa cruzando el cielo un avión, mas su ruido no me oculta otro que atribuyo a cascos de caballo haciendo con sus golpes vibrar el cabezo. Por fin arriba, deambulo entre las ruinas, ahora convenientemente protegidas por carcasas de cemento que se asemejan a búnkeres, pintarrajeados por los consumidores de drogas.
Pensando en la vuelta busco en la soledad del entorno un recuerdo, un símbolo de mi visita, y nada más idóneo que una de las piñas, abiertas y vacías, que alfombran el pedregoso suelo. Mientras busco la mejor, al fondo de un terraplén se agitan figuras, un joven con dos perros. El mayor de éstos, canela tiznado tipo bóxer, se fija en mí y se acerca rápido y en silencio. Lo rechazo de lejos con un gesto enérgico mientras su dueño lo llama, y a pesar de ello me obliga a tomar una piedra, ademán inequívoco para su cerebro canino, el cual lo detiene en seco. El joven lo sujeta con su collar y yo le informo de que ya me marcho, para que prosiga en paz su paseo.
Ya tengo la piña. Vuelvo canturreando, dándole a los pedales con alegría, y dejo que la vista se recree por los campos ondulados de Valencina al oeste, donde está enterrada la prehistoria. Los religiosos del Carambolo tartésico debieron ser una impresionante novedad para los agricultores y ganaderos del Neolítico, cuyas tumbas se diseminan en el campo blanquiamarillo al otro lado de la quebrada que da apellido a Castilleja.
La tarde, y fuiste testigo, Cisco, la dediqué a reparar un pinchazo en la rueda trasera, inexplicable puesto que solo monté el artefacto en carreteras perfectamente asfaltadas. Y en el improvisado taller que fue el salón, refrescado por el ventiladorcito giratorio, al apoyar la rueda siniestrada en una sillita volcóse dando de pleno con el respaldo de madera en el plato de cristal que te sirve de comedero y haciéndolo añicos. Quede de todo lo acontecido constancia, querido perro, en estas líneas que, como un salmo bíblico, ahora pasan a la eternidad infinita de Internet.