miércoles, 12 de agosto de 2009

Diálogo angustioso


—Llevo bastantes días con una idea, o concepto, rondándome la cabeza.
—¿Sí?
—Sí. Como lo oyes. Hay constructos mentales que son como esas cancioncillas que se pegan de tal forma que puede pasarse uno toda una mañana tarareándolas. Creo que si me permites que te explique el asunto, Cisco, podré quitármelo de la mente, o al menos encontrarle otras caras y otros aspectos.
—Bueno, venga. Te escucho.
—Verás; resulta que, a raíz de cierta preocupación que me angustiaba, en relación con la contemplación de obras de arte, decidí dar un repaso a mis viejas lecciones de filosofía, en busca de alguna objetividad que me mantuviese a flote en la deriva y torbellino que sufre mi alma frente a, digamos, una buena composición musical, pongo por caso. Sensible que es uno.
—Ya, ya. A veces abusas oyendo música, como el otro día con los joropos venezolanos; te estuve observando las más de tres horas que te pasaste abstraído, más allá que acá.
—Claro. Mira a ver si estás de acuerdo: el saber más primigenio y radical, pienso, puede ayudarnos en esta tesitura, proporcionándonos distancia, conciencia, control y, repito, objetividad. Por eso acudí a mi querido diccionario de Ferrater, y abrí la página de Filosofía del Arte.
—Bien hecho. Don Jose Ferrater Mora colocó con su magna obra a la filosofía hispana en un lugar prominente.
—¡Ji, ji! Veo que no eres un perro torpe, no.
—Hombre... ¿a qué te crees que me dedico cuando me quedo mirando el fondo del patio, echado en el suelo fresquito y sin mover un pelo del cuerpo? A triturar con mi cerebro la problemática más metafísica que imaginarse pueda.
—Lo tendré en cuenta desde ahora. Y procuraré no sacarte bruscamente de tus profundas cavilaciones.
—Lo cual te agradeceré mientras viva, amo Antonio.
—Bueno. Al grano. En el referido artículo se habla, entre otras cosas, de la relación entre intuición y expresión: Ciertos autores sostienen que el arte es esencialmente intuición y que, en último término, esta intuición es "inefable" o por lo menos "intraducible". Los símbolos usados son entonces considerados como algo humanamente necesario, pero de alguna manera impuro. La intuición es aquí una especie de "forma pura" que usaría la expresión como una materia siempre inadecuada. Otros mantienen que el arte es esencialmente expresión y que lo que importa son los medios expresivos y lo que puede hacerse con ellos. Finalmente otros declaran que intuición y expresión son igualmente necesarias.
—Ya te veo. Todo el día pensando si echando mano de la intuición vas a saltar a la fama universal, o si es preferible hacerlo desempolvando los tubos de óleo petrificado ¿no, artista?
—Cisco, por favor. Un poco de respeto.
—Porque te respeto digo lo que pienso. Llevamos ya mucho tiempo conviviendo y creo conocerte algo.
—Pues para que me conozcas más, te diré que, necesariamente, al leer expresión medité sobre expresionismo, esa tan famosa escuela, o tendencia, que sobre todo en pintura dio tanto juego en el siglo recientemente dejado atrás. Y entre los expresionistas a los que sometí a un repaso, un individuo que llamó mi atención, Panamarenko (seudónimo de Henri Van Herwegen, nacido en Antwerp, Bélgica, el 5 de febrero de 1940), el cual construía esculturas de fantásticos aviones y aparatos voladores.
—Total, que emprendiste un viaje etéreo.
—Pues sí, pero en el tiempo, y marcha atrás, Cisco, porque... ¿cómo no acordarme de mis años de cadete (soldados-alumnos nos llamaban) en la Escuela del Ejército del Aire de Agoncillo, provincia de Logroño?
—Arrea. Yo no habría ni nacido entonces.
—Ni tú ni tu padre ni casi tu abuelo, chico. Era allá por el año 1965. Teníamos un profesor, teniente él, hombre fornido, de tez cetrina y ojos zarcos, fríos e inhumanos; fumaba incansablemente y nos recitaba la lección entre bocanada y bocanada de humo paseando entre los pupitres, con voz de autómata y mirando al suelo. Nos daba la asignatura de "Tecnología", que por aquel entonces y allí no era lo que hoy y aquí, sino que versaba sobre componentes de los diversos aceros, resistencia de materiales, máquinas-herramientas, normas UNE y normas DIN, y cosas parecidas. Eran "Viejas Tecnologías" que nada o poco tienen que ver con las "Nuevas". De aquellos recordados profesores llegamos a sospechar que habían participado, alguno que otro, en los cruentos bombardeos de la Guerra Civil, incluido el incalificable de Guernica.
—Hay que ver. Y luego usáis peyorativamente la expresión "animales" como insulto.
—Así somos, querido perro; y en esas nuestras manos estás.
—¡Glub! (Inaudible)
—Bueno, sigo. Y por estos simples derroteros desemboqué en la rememoración de una novela que significó mucho en mi vida moza. Refiérome a "La ciudad y los perros", del escritor Mario Vargas Llosa, en cuanto que ajustadísimo retrato de lo que era y constituía aquella escuela militar riojana. Muchos de los episodios y aventuras de la célebre novela parecen calcados de los que nosotros experimentamos allí durante aquellos años. Viví, querido Cisco, algunos de sus capítulos en mi propia carne.
—Vaya, qué interesante.
—Sí que lo es. Entonces, yo, como mis amigos y conocidos, admiraba a don Mario. Sus obras en pleno boom literario sudamericano nos ayudaban a vivir y nos enriquecían las almas. Pero luego, desafortunadamente, llegó el desengaño, cuando el novelista peruano derivó, derechizándose, a unos planteamientos que desde niños habíamos odiado. Hoy día sería lógico situarlo en esa fiesta de la élite peruana en la que el general Donayre, rodeado de acólitos y cortesanas enjoyadas, bromea sobre los empobrecidos chilenos que cruzan la frontera, diciendo que los va a devolver en cajones, y si no, en bolsas de plástico. Las señoronas ríen las gracias del general con carcajaditas recatadas. Solo faltaba en la coreografía el autor de "Pantaleón y las visitadoras".
—Así es la vida, Antonio.
—Así.