viernes, 6 de marzo de 2009


Cisco, dentro de un ratito vamos a salir a dar un paseo. Acaba de cruzar el cielo gris un avión, he sentido el rugir de sus motores. En la radio emiten música progresista y al fondo del corral canta algún pajarito mañanero. En la calle —imagino— no habrá nadie, sábado como es. He pensado cargar con el portátil e ir al Centro de Conocimiento para transcribir mis apuntes de historia de Castilleja, pero no estoy seguro de que lo abran hoy; me dijeron que la red Wifi falla mucho, de forma que en cualquier caso tendré que limitarme a escribir en el Bloc de notas.
Todo lo cual quiere decir que quizá posponga tu paseo hasta el medio día, cuando vuelva. Todavía no acabo de decidirme, pero después del desayuno, una vez saboreados la naranja y el colacao con leche y copos de maíz tostado, con el estómago agradecido y la sensación de que la vida continúa, seguramente volverán mis capacidades decisorias. Porque ahora estoy como sonámbulo, tras una noche de sueño reconfortante, contigo enroscado y roncando de manera que me impide estirar las piernas, en parte porque no acabes en el suelo y en parte por no sacarte bruscamente de tu sueño de gatitas y mariposas.
Ya te has comido tu primera galletita, y en actitud de espera dormitas en el sillón, abierto un ojo pendiente de mis movimientos, que serán el preludio de eso que tanta satisfacción te produce: la vuelta por el barrio.
Por cierto, creo que vas necesitando un diálogo con alguna perrita, completo y con su correspondiente culminación, desde luego. Es difícil encontrarte pareja por estas calles en las que los cánidos estáis tan controlados. Pero ya tienes edad, y lo necesitas. Ya verás que sensación de placer, que ola cálida te invadirá, que alegría. Porque supongo que los perros sentís, en esos maravillosos momentos, lo mismo que nosotros los humanos.