miércoles, 27 de febrero de 2008

Inconceblible, Cisco. En parte por lo inesperado en aquel lugar, la lujosa urbanización de R., con sus enormes chalés y sus amplias e impolutas calles. Cuando marchábamos los dos por la acera sumidos en nuestros propios pensamientos, casi topamos con una escena de las que se pueden ver una vez en la vida: una culebra casi negra aparecía ovillada en mitad del pavimento; yo la ví primero, y me pareció herida en plena agonía, quizá atropellada por algún automóvil, su cabeza oculta en las volutas que mostraban aquí el oscuro lomo y allá el vientre blancuzco y rosado. Tú, de inmediato con un brinco, saltaste a agitar al ofidio con un empujoncito de hocico, y con rapidez eléctrica el animal se extendió a la vez que una lagartija parda salía de entre su cuerpo y emprendía veloz huída por la base del muro. Al instante comprendí que habíamos estropeado el desayuno del reptil. En efecto, estaba intentando asfixiar a su presa, quizá reducirla a base de mordiscos.
Eres miedoso, Cisco, pero no te lo reprocho en esta ocasión. Si se hubiera tratado de una víbora, te habrías llevado el recuerdo de su veneno. Pero optaste por perseguir a la lagartija, que varios metros más allá desapareció por un agujero de la tapia. Entonces volvimos hacia la serpiente, que en direccion contraria buscaba refugio inútilmente intentando escalar la pared de ladrillo; no te atreviste a acortar distancia a pesar de que ya era un animal indefenso y acosado, y bailaste alrededor moviendo la cola y gimiendo, pero nada más.
Era un reptil de medio metro de largo, casi negro y con dibujos geométricos claros sobre el lomo; tenía la cabeza grande y me recordó otros tiempos, cuando la urbanización era campo de olivos repleto de lagartos, arañas, pájaros, y serpientes por supuesto, y nosotros, los niños del barrio, veníamos a jugar entre ellos.

viernes, 22 de febrero de 2008


Pobrecito. Por la tarde estaba mustio, mientras su hembra intentaba animarlo revoloteando sobre él, acariciandolo con suaves aletazos; a pesar de lo cual continuaba posado en la varita más alta de la jaula, fijos los ojillos semicerrados al frente y ya con un síntoma claro de enfermedad: las plumas enhiestas le hacían parecer una pequeña esfera de la que solo sobresalía el bultito de la cabeza. Los "expertos" camperos dicen de los pájaros que adoptan esta actitud que "están embolados", y aseguran que es el preludio de su muerte.

Me lo temía, y a la mañana siguiente me desperté preparado para lo peor. En efecto, estaba en un rincón, con las alas medio abiertas y reposando sobre su pechuguilla forrada de plumón sedoso. Se que tú también lo sientes, Cisco, porque te brillaban los ojos viéndolo saltar, cantando cuando el sol de la mañana empezaba a calentar el aire, a la espera de que le cambiasemos el agua y le repusieramos el alpiste en los comederos.

sábado, 16 de febrero de 2008


Así te soñaba tu amo, Cisco.
Es la segunda vez que ese perrazo negro te acomete, compañero. Pertenece a un sujeto que no parece tener mucha precaución cuando lo saca a pasear. El primer episodio fue hace un par de meses cuando bajábamos por la calle, de vuelta a casa, y se le escapó del chalé el can aprovechando un descuido, pero esta vez no hay justificación posible: iba suelto por el olivar cuando nos abordó, y he tenido que luchar hasta el agotamiento a base de puntapiés, dirigidos especialmente a la cabezota del animal, que no cejaba en su intención de probar tus carnes con sus colmillos.
Especifico que el hombre es extranjero sin otra intención que expresar el problema que supone comunicarse con alguien en una situación-límite, cuando no comparte contigo idioma y cultura; desde luego sé de muchos "aborígenes" que sacan a pasear sus perros sin atarlos, gentuza incivilizada hay en todo el mundo. El individuo tardó en reaccionar, acaso porque debía salvar una alambrada para acceder al camino donde tenía lugar la lucha, yo a patada limpia, tú hecho un manojo de nervios y el perro cabezón embistiendo con la boca abierta. Cuando intenté alzarte en mis brazos (casi te ahorco) di un inoportuno traspiés y casi caigo en la alambrada frontera. Por fin el extranjero sujetó al can, mientras articulaba un "lo siento, lo siento, no es peligroso" que ni me convenció ni me convence. Se fueron camino abajo mientras el sol acababa de ponerse entre una difusa red de nubes grisáceas, y reparé en que tenía la manga izquierda de mi chaquetón con un gran desgarro, producido por las púas de la valla. Sé donde vive este personaje. Espero que nos rinda cuentas.

domingo, 3 de febrero de 2008

De la noche a la mañana nuestra casa se ha convertido en poco menos que un zoológico: nuestro amigo N nos regaló un hámster gordo, de brillante mirada, que ahora roe algo en la habitación de la "tele", donde hemos instalado su jaula hasta que llegue el calor. Y nuestro amigo A nos ha obsequiado con cinco pájaros cantores, llenos de vida, que ahora dormitan en el antiguo dormitorio al fondo del corral. Contemos también con los gatos, grupo de felinos ahora aumentado con uno de los hijos de Tina, negro como una noche del Sur, como el pelo que te cubre, como el carbón.
Y tú, que comprendes que todos están aquí para hacerte compañía, te muestras inquieto y desasosegado, corriendo al menor ruido hacia las puertas del corral y gimiendo de nerviosismo con una continuidad que, a veces, crispa, Cisco.
Ahora la casa no está tan sola; se siente el pálpito de los seres que la habitan. Mañana, cuando salga el sol dorando más si cabe el enorme limonero cargado de su ácido fruto, cantarán nuestros nuevos hermanos emplumados, el roedor se embolará para pasar dormitando el día, y los gatos seguirán buscando aventuras por tejados y azoteas después de soñar toda la noche, igual que tú, con sus nuevos compañeros.