miércoles, 16 de enero de 2008

Hoy he visto una rata pasmosamente tranquila, en el muelle de la Sal, querido perro; te hubieses vuelto loco al verla.
Era joven, tan bien alimentada que parecía una hembra preñada, su pelaje castaño con unos ojillos brillantes de malicia y tan largos como finos bigotes. Cuando pasé al lado por el carril-bici, en cuyo centro se afanaba royendo no se qué, emprendió una carrerita como quien desea que lo sigan, y se introdujo en un husillo de hierro próximo, aunque no llegando a desaparecer por una de las ranuras, sino que dejó medio cuerpo fuera, volviendo a salir inmediatamente al exterior. Yo había frenado y con un pie en el suelo esperaba observando las evoluciones del roedor, sospechando que padecía alguna dolencia a juzgar por su conducta, pero en los cinco minutos que estuve allí, no le noté nada extraño, excepto el llamativo exceso de confianza de que hacía gala en una zona bastante transitada y a una hora, media mañana, plena de luz y ruido.
Aquí mismo, en este muelle hoy adoquinado donde los estudiantes toman el sol con el fondo gris de los arcos del puente de Triana, desembarcaban en el siglo XVI congéneres suyos llegados de todos los confines del mundo conocido, después de interminables travesías, bamboleadas en las oscuras bodegas por el oleaje de las tempestades y semiaxfisiadas por la atmósfera hirviente de los mares en calma.
Y me pregunto, querido Cisco, si nuestra ratita será una descendiente directa de aquellas audaces marineras, y si entre sus resortes genéticos guarda toda la rica historia de un remoto continente.