viernes, 23 de noviembre de 2007

Este veterinario es idiota, Cisco. Me pregunta de sopetón ¿tiene pulgas?, dándome ganas de hacerle a la primera ocasión otra pregunta cruda y desconsiderada, como ¿fumas porros? o ¿te maltrata tu mujer?. Nunca acaba uno de aprender de los seres humanos, perro. Este muchacho con su bata blanca y su aspecto medio triste medio ausente inspiraba confianza, a mí al menos. Pero ahora solo veo negatividades: sus precios son altos, por ganar unos euros te endilga cualquier tontería dentro de un envoltorio o recipiente llamativo e historiado, trata a sus empleados con dureza y desprecio, no coordina ni empatiza con su socia la doctora...
Habrá que cultivar relaciones con el personal del otro centro veterinario de la localidad, por si vuelve a reincidir con preguntas propias de un maleducado. Cambiamos, y sanseacabó. Saldremos ganando. Hay gente incapaz de crear y mantener un clima de confianza en sus relaciones, pero cuando esta gente pertenece al gremio de la sanidad, sea ésta animal o humana, la catástrofe de la comunicación está servida.
Esta noche estoy de muy mal humor, perro. Y me descargo con tu médico, aunque mañana sospese otras circunstancias sobre este asunto y cambie de opinión.