domingo, 16 de septiembre de 2007

En el paseo de esta mañana, un preocupante percance hemos padecido, Cisco querido: cuando, ya de regreso, pasamos bajo el puente de hormigón de la autopista, te entretuviste olisqueando en un solar con pasto seco, y en un pequeño hoyo lleno de hojarasca introduciste el hocico con afán; de pronto comenzaste a estornudar sin pausa, lagrimeando, y al poco tenías la cara llena de moco, de la violencia de los estornudos y de los cabezazos incontrolados a que éstos te obligaban. He pensado de todo: una inhalación de alguna sustancia química que los obreros de la ampliación de la carretera hubiesen vertido, una espina de vegetal que se te clavara, un insecto molesto con tus indagaciones... Y más cuando con cada estornudo salpicabas con tu roja sangre el acerado y hasta mis botas. En efecto, te brotaba por la fosa nasal derecha un hilillo de sangre, que limpiabas, entre un estornudo y el siguiente, con la lengua.
Hemos cruzado la carreterita y a la sombra del Burguer King te hice reposar: tenías un tic en el ojo, estabas agotado y sin orientación, haciéndome considerar la posibilidad de tener que llevarte en brazos hasta casa, pero no fue necesario. Una vez aquí, te he dado de mi mano, a trocitos, las galletitas que tanto te gustan, después de lavarte la cara con una toalla mojada; has bebido agua abundante, y te has enroscado en un rincón, mientras yo enredo con el ordenador. Y cuando elaboraba estas últimas líneas, te has despertado con otra serie de estornudos, esta vez ya sin hemorragia. Como el tiempo ha refrescado, quizá solo sea eso, un pequeño resfriado.