viernes, 29 de junio de 2007

Esta mañana me han traído el nuevo frigorífico, Cisco; afortunadamente he salvado casi toda la comida, excepto unos tomates que no resistieron la temperatura de estos días. Gran invento el frigo, y esta marca, en particular, es de garantía.
Hace un ruidito tranquilizador, un zumbido de calidad, y su mole blanquísima en la penumbra de la cocina reconforta la vista, mientras en el patio estallan de luz las tapias encaladas y el aire espeso e irrespirable nos apretuja como una mano gigantesca e ineludible. Hay gente que conserva a sus perros difuntos en el frigo durante meses (¡y años!); no lo veo mal ni lo veo bien, querido chucho; no soy yo quién para juzgar esas cosas, pero si alguna vez te mueres y alguien serio me promete que en unos meses (o años) dará con la solución para devolverte a la vida conmigo, aquí en casita otra vez los dos, no vacilaré en envolver tu cuerpo debidamente con un buen plástico y colocarte en posición fetal en el departamento de la fruta, abajo del todo. Departamento que, permíteme el excursus, está muy mal diseñado, desencajándose al completo con el menor tirón, y acabando en el suelo con todas las verduras si no se anda con pies de plomo.