sábado, 31 de marzo de 2007

Chispa, la perrita de Don S***, era objeto de una historia insólita que se transmitía de un chiquillo a otro en el barrio; los más inocentones la creíamos a piejuntillas. Se decía que para evitar que fuera preñada, el viejo músico le había cosido con hilo los bordes de su aparato genital, y como es natural todos nos fijábamos cuando teníamos ocasión de verla por detrás, andando torpemente tras su amo hacia la taberna de Don J***; yo, alucinaciones aparte, juraría haber reparado en las puntadas, más por querer verlas que porque realmente existieran, y, en cierta ocasión le hice notar a uno de mis avispados amigotes que me parecía muy gorda, y que acaso estuviera con crías, a lo cual siguió una extensa explicación que me llenó de angustia durante mucho tiempo; decía que no podría tenerlos por mor del zurcido, y que acabaría reventando, o devorada interiormente por sus propios cachorros.
Pero todo eran fantasías infantiles; hemos comprobado que Chispa tuvo varias camadas, cuyos padres solían ser perros de la zona y de familias conocidas de Don S***, que como buen liberal republicano no veía mal un rato de solaz para su perrita.
Una de las crías, allá por el año 1949, le fué obsequiada a los niños del arquitecto Señor ***, que teniendo familia por esta zona habitaba en la capital, pero que ya jubilado se trasladaría a un lujoso chalé cercano al barrio, chalé que hoy ostenta una arboleda añeja, llena de señorío, y que fue el lugar de entierro de la hija de Chispa; murió axfisiada, sin respiración, después de unos años de resuello debido al golpetazo que le dio en los costillares un automóvil de juerguistas. No sabemos nada de sus descendientes directos. Hermano de ella otro hijo de Chispa, de la misma camada del 49, fue solicitado por P***, que entre otras tareas actuaba de jardinero por temporadas de Don S***, y de encargado del depósito del agua de Carrión de los Céspedes, de donde era natural y vecino; en aquellos tranquilos parajes transcurrió la vida del segundo hijo de Chispa, desarrollándola mas bien en libertad, dueño de una calle de casitas bajas y blancas, terriza, soleada y abundante en posibilidades de aventuras. Y, ya viejo, se espatarraba en el zanjuan fresco, al lado de un macetón cuya planta verde había crecido con él, mirando la calle con sus ojos vidriosos; cuando estuvo tan enfermo que solo inspiraba repugnancia y lástima su dueño una noche lo envolvió en una arpillera y bajo el brazo lo sacó a un olivar solitario que tras la casa se extendía, donde le aplastó la cabeza con un grueso pedrusco y lo enterró.

jueves, 8 de marzo de 2007

Otro perro famoso en el barrio, cuando tú ni habías nacido, era Pitri; pertenecía a la familia de D. J*** el tendero, y era zalamero de oscilante cola, de los que mostraba sus partes mas vulnerables a los mayores aun sin conocerlos de nada, pero ignoraba olímpicamente a los niños; era blanco con manchas negras, grandes e irregulares, alguna de ellas en la cara haciendo de sus facciones un absoluto misterio borroso, a menos que nos fijásemos mucho en ellas, con el ojo derecho confundido en la negrura de una, y la boca y el hocico en su mayor parte blanqueados caprichosamente, lo que ocultaba en todo momento su expresión. Merodeaba entre las mesas del bar hasta que su dueño el tendero, un anciano vivaz tocado de delantal blanco y con una batea metálica en la mano, lo expulsaba para que no molestara a los clientes. Nunca lo vimos confraternizar con Chispa, la perrita del músico.

Pitri tenía un corralón para él solo y era tratado con cariño por su dueño y los hijos de éste; llevó una vida digna, regalada; pero nunca atendió nuestras llamadas ni permitió que lo acariciásemos los niños; optaba por alejarse de nosotros sin más; por ello que guardo de él un recuerdo en cierta manera amargo, producto de las muchas frustraciones que me originó la ignorancia supina con que respondía a mis bienintencionados requerimientos. "Huele a perro", bromeaba J*** el hijo del tendero, obligándonos a todos a, entre risas, asentir.