viernes, 19 de enero de 2007

Tienes letras en tu cara, perrito, y algunas de escrituras desconocidas, o bien extinguidas o bien relatoras de un futuro que comprendo, cuando te miro, a la perfección. En los reflejos de ciertas luces sobre el pelillo negro, tupido, que crece en tu hocico, hay letras Ds y en el hocico propiamente dicho, en su parte húmeda y fresca, hay Gs; en la maraña pilosa que cuelga de tus orejas distingo la S, y el blanco de tus ojos, cuando me miras de abajo a arriba, recostado en tu cojín, son Cs, lunas crecientes de lejanos meridianos, acaso iluminadoras de playas solitarias; tu boca alberga muchas Ms suaves, y muchas hirientes Ls e Is, y en tu frente, como un profundo enjambre de bordes difusos hay una sola A formada de miles de Fs, de Bs y hasta de Xs.

Pero es en los pocillos melosos de tus ojos buenos donde una descomunal pluma corregiría lo divino; en ellos me pierdo, imaginando hasta partituras de música no humana; en ellos se ahogarían Cervantes y Shakespeare, como marinerillos borrachos de sabiduría y pureza. Por todo lo dicho, Cisco, no te preocupe el no saber hablar; pero haz el favor de dejar de ladrarme cuando tecleo en el ordenador, chiquito: mírame, que ya es bastante.