domingo, 31 de diciembre de 2006


Malos días, querido perrito. La fiebre, la tos, el cansancio, la falta de apetito; desde el fondo de un barranco tenebroso alguna alimaña grita, y con el polvoriento rayo de pálida luz que entra desde allá arriba (donde habitas tú, y los demás seres sanos) apenas me guío entre la maraña de pesadillas. Todo está negro, triste, pésimo. La muerte, por llamar de alguna forma a lo que se ha instalado en mi alma, a lo que ha invadido nuestra casa, ha robado color, sabor y olor a un mundo que compartíamos en gran medida, y ahora, bajo el peso de este derrumbe inexorable, apenas tengo fuerzas para llevarte la comida al patio.


Pero pronto volveremos a jugar y a dormir juntos, y reanudaremos los paseos, ya sabes: uno por la mañana y otro por la tarde.

lunes, 18 de diciembre de 2006

¡Que de cosas han pasado estos días, Cisco! Te vendé la patita, te mantuve en casa en reposo, la heridilla no cerraba, consulté al veterinario (que indicó que debía ir descubierta), te saqué dos veces diarias en brazos hasta la esquina a ver los coches pasar, empezé a permitirte pernoctar en mi dormitorio, las gatas ganaron territorio, comes menos que antes ( te tengo que alimentar sobre mis rodillas y en mi mano), ayer diste un primer paseo, y pasado mañana, probablemente, puedas ya hacer vida normal.

He sabido cosas sobre las propiedades cicatrizantes de la química de tu saliva, que ocupan a muchos investigadores en el mundo; y he sabido también de ciertas escuelas musulmanas, que consideran tu saliva impura y ordenan a sus seguidores que laven siete veces (una de ellas añadiendo tierra al agua) el plato donde comas; o que no se dejen rozar por tí las vestiduras. Y he descubierto que, durmiendo hecho un rosco en cualquier hueco de mi estrecha cama, mientras compartes conmigo el calor de tu amable cuerpo y mientras siento tu existencia fundirse con la mía en los límites de mi sueño, el mundo de las personas se reduce, en esas horas trágicas de la noche y la oscuridad, a un risible teatrillo con menos resplandor que el piloto del televisor. Hasta que me despiertas a hocicadas, pisoteándome la cabeza.

jueves, 7 de diciembre de 2006


Hemos tenido mala suerte esta tarde, Cisco compañero. Por el campo, al lado de los depósitos de agua, eludiendo a dos jóvenes que no me gustaron, te dirigí atravesando una mancha de hierbajos que debían, al parecer, esconder traicioneras botellas rotas. Cuando llegamos al camino de G*** en el otro extremo de la haza, noté que tu atención era toda para una de tus patas, la derecha trasera; su extremo estaba ensangrentado, y en una almohadilla cerca de la uña tenías un cortecito curvo, de bordes tan limpios que parecía efectuado con una navaja de afeitar. No emitiste ninguna queja, porque, creo, esa zona es insensible al dolor, pero tu cara se ensombreció y ahora estás muy ensimismado. En brazos te he traído hasta casita, donde te he lavado la pata y acostado en tu cama.


Por el camino me encontré con la mujer del perro de los ojos amarillos, y debes saber que se interesó mucho por tu estado, y que me tranquilizó diciendo que la mejor cura es tu propia saliva, y en este momento, como obedeciendo a una sabiduría más antigua y certera que el universo, llevas una hora dedicado al completo a mantener tu herida mojada y limpia, con lengüetazos medidos, pausados y cuidadosos. Mañana por de pronto, querido perrillo, no habrá paseo.

miércoles, 6 de diciembre de 2006


Hace media hora que hemos llegado a casa, de dar el paseo que ilustra la foto, perro. Estudiándola en superficie una vez descargada en el ordenador, el camino aparece truncado por la civilización y el futuro, que simbolizan el asfalto y la madre con niño. Y tú, que jadeas porque has venido corriendo, tirando de mí, siempre te quedas indeciso en este cruce, aunque siempre decides lo mismo: seguir adelante, hacia el atardecer, por esta amable serventía de tierra que, de este a oeste, nos regala tanto oro cuando acaba el día como al empezar.

¿Recuerdas por aquí aquel viejo albañil que se molestó porque escarbabas en su montón de arena? ¿y esos perrillos malhumorados que te ladran desaforados desde la trasera del chalé de S*, que es rubia, de ojos azul–asombrados, hermana de un compañero de escuela primaria? Entregado, hundido en el sueño, en tu cojín a mis pies, te deseo larga vida, que es lo mismo que largo sueño; y que tus ritmos y los míos coincidan al final de la jornada, con un mismo sol, todavía lejano, que nos de a los dos juntos el último adios.