lunes, 27 de noviembre de 2006

No insistas cada noche en quedarte a dormir aquí; temo que de madrugada te dediques a roer los cables eléctricos que serpentean por los suelos de la casa —¡chissst!, que no se entere la compañía de electricidad—; que me destroces los libros, los documentos, los papeles en general; que curioso como eres, quieras investigar en la mesa de la cocina, en la bolsa de basura; o también, que me despiertes con la brusquedad que acostumbras, saltando encima de la cama a cualquier hora de la noche, o que ladres cuando alguna de las gatitas entre a merodear. Lo siento, de verdad; tendrás que seguir durmiendo en el cuarto del fondo, oscuro y frío.

Cuando seas mayor, y por ello mas serio y formal, te permitiré dormir aquí, en un blando cojín a los pies de mi cama; me gusta oirte en sueños, esos ladridos y gemidos apagados que no tienen porque ser productos de pesadillas, porque a lo mejor sueñas con rollizos gorriones de aleteos amigables, que juegan contigo en campos floridos, o con la linda perrita blanca que se te quedó mirando la semana pasada por la calle Principal. O conmigo, Cisco...¡qué interesante que sueñes conmigo! ¡y que al despertar me mires fijamente, como haces siempre, sí, pero hecho pura pregunta...!

jueves, 23 de noviembre de 2006

Me enaltecías con esa tenue luz de esperanza con que me miraste; hubo en tus ojos una súplica tal, estabas tan entregado a una respuesta positiva... ¿ o era yo en el espejo ? ¿ soy el abandonado, el que busca en el frío y la oscuridad la caricia de tu mano ? ( A veces, torpe, me haces daño con tus arrumacos en mis barbas ). Contesta a mis preguntas cada mañana con tus claros ladridos, amigo mío, y sigue coloreando mi existencia con tus cariñosas embestidas, querido Cisco.
El doctor estimó tu nacimiento el 30 de diciembre de 2005, en base a tu dentadura, y te encontré pocos meses después de esta hipotética fecha, atado bajo un melocotonero en la caseta de P***, adonde llegaste perdido y hambriento unos días antes. Ahora tu mirada es otra... ¿ o son otros mis ojos, Cisco ? Envejeceremos a la vez, y ojalá el destino nos tenga reservado compartir los últimos achaques, en este mi barrio querido, que tambien se está haciendo viejo. Y si en otro mundo los hombres y los perros pueden mirar hacia abajo, veremos la Tierra, como bolita azul que nos contuvo a tí y a mí, cuando entre juegos y mutuas contemplaciones ignorábamos sus vertiginosos giros.

miércoles, 22 de noviembre de 2006

Mientras te llevaba de la correa esta tarde gris he ido recordando otros perros que vivieron, como tú, en nuestro barrio. Había una perrita ya vieja cuando yo era un chiquillo, Chispa de nombre, gorda en demasía, de capa negra y color canela en hocico y patas, que andaba trabajosamente tras su amo hacia la terraza del bar, al atardecer de los días de verano; éste, llamado don S***, era un anciano robusto, de rostro hinchado y rojo tras lentes antiguas y bajo boína negra, siempre con traje de chaqueta y pantalón negros también, que la llamaba carraspeando: "¡vamos, Chispa!", y se sentaba, solitario y en silencio, entre las mesas, con su perrita a los pies. Todos respetábamos y queríamos a don S***, porque había sido violonchelista de cierto renombre, discípulo de Manuel de Falla, y porque le compraba a Chispa todas las tardes una tapita de queso para ella sola. A veces se oía el violonchelo por la ventana de su casa.

Cuando a los chiquillos del barrio nos dió por la música, fuimos a su casa, a preguntarle sobre nociones de anotación musical; sentado en un sofá en el vestíbulo nos explicó el do re mi, los bemoles y los sostenidos, que yo intenté plasmar con lápiz y papel, y, cuando terminó su breve clase y quiso ver mis notas, su comentario, que me llenó de orgullo y placer, fue: "¡no es torpe, no es torpe!". Don S*** moriría allí mismo, atendido por una vieja criada con la que se casó al final de su vida para dejarle herencia, y frustrar a una familia que se le suponía, pero de la que nadie supo nada nunca.

martes, 21 de noviembre de 2006


Por un error de cálculo el asalto insufrible del sol casi puede con nosotros, y los últimos pasos de vuelta a casa hube de llevarte en brazos a lo largo de la cercana carretera, Cisco; desmadejado y laxo, dejabas colgar tus patas, y al exterior, la lengua, ¡qué risa!, se te balanceaba con mi andar; por la cercana carretera han pasado secularmente muchos perros mestizos, y tú perteneces, ya en oficial manera según flamante carné, a ese rico mundo, variopinto y multiforme.

Eran perros libres, valientes y endurecidos, que saltaban en marcha al carro del alfarero, del hortelano, cuando los requerimientos el calor o del cansancio así lo exigía; y cuando no, caminaban al lado, trotando paralelos a las floridas cunetas, entre las ruedas bajo aquellos armatostes cuando arreciaba la lluvia, o a la sombra del mulo en las tórridas tardes del verano, y sin dejar de hacer alguna incursión al pastizal cercano o al barranco aledaño, a la caza de un bocado. Sus dueños, a horcajadas sobre las angarillas, medio dormidos en los pescantes, eran poco dados a prodigar mimos, aunque no ejercían crueldades gratuitas, lo cual os compensaba. Vidas viajeras, canes pensativos, silencios, ritmos de rueda y de cascos.

lunes, 20 de noviembre de 2006


Si hay un momento en que te entiendo, perro, es cuando bebes agua; sé a ciencia cierta que su frescura se extiende a tus ojos, a tus oídos, y te obnubila el pensamiento, y reduce a la nada tus afanes, que son los del perro reflejado; sé que su halago líquido y su pura terneza van por tu garganta, por el centro hasta el vientrecillo, donde habitará ingrávida y amigable, hablándote un rato de esperanza; ( te quedan unas gotitas brillando en los pelos del bigote, Cisco). Y miras mientras bebes, sin ver, hacia el fondo del corral, el territorio herboso de las gatas. Si fueras hombre mirarías al cielo, tambien sin ver, como los buenos bebedores de botijo, y jugarías con la luz del sol como ellos, pero como eres nada mas y nada menos que cánido te pierdes en esos instantes el inconmensurable espectáculo de las alturas.
¡Si supieras de grandes estrellas reventando, de cruces de constelaciones en la oscuridad! De noche, amigo Cisco, pasa siempre a la misma hora el avión de Canarias, con todas sus luces de colores, y a veces llueven estrellas; nubes rosas, de oro, moradas, pájaros que te miran, vientos ligeros, vientos de piedra, de cartón, de barro y cobre, y, ¡pobre de él!, un mosquito raquítico que se ahogó por ir al encuentro de un engañoso amigo. Bébete todo hasta que la Sed huya hacia la puerta de la calle arrastrando sus gasas de fuego, y duerme después, compañero, soñando con lo que el cubo ha guardado para tí.

domingo, 19 de noviembre de 2006


Si pudieras hablar, Cisco, imagino que con la potente voz de tus ladridos cantarías en la azotea a todo el barrio tus dichas y emociones; a mí me reñirías, seguro que con voz más suave y adecuada, cuando pospongo tu paseo unos minutos ; y de noche me contarías al oído detalladamente las peripecias de tus primeros meses de vida, que todos desconocemos; y el frío del campo, la sed, las picaduras de los chinchorros que sin duda padeciste; me harías saber tus preferencias en lo tocante a caricias, a calles y solares por los que husmear, y tus opiniones acerca de los vecinos, de otros perros, del veterinario, de la comida que te proporciono, del ordenador o de la televisión.

Cisco, si tus labios hubieran sido más adecuados, tu lengua más ágil, los músculos de tu pecho más coordinados, aprendería yo palabras que oiste acaso de algún hortelano, de algún vaquero; y repetirías en estos días las mías. Me gustaría poder leerte Cipión y Berganza como nana, antes de que el peso de la noche y el sueño te cierren los ojos y me permitan a mí hacer delicioso balance de las horas pasadas que compartimos juntos.

sábado, 18 de noviembre de 2006


Cisco me fue regalado necesariamente por un amigo; necesariamente porque cuando nos miramos por vez primera yo y el can, el can y yo, mi amigo, —el otro lado del triángulo—, supo al instante de una energía ajena, extrañante, que lo repelió sin remisión, como un chispazo del destino que acabara de condenarlo, expulsándolo al borde del camino, desnudo de amigo y de perro.

Día a día, noche a noche en el interior de la cabeza de Cisco voy ganando terreno, y cada vez mas lejano queda, sentado en la cuneta, su antiguo dueño, hasta que ya solo sea un puntillo indiscernible entre los infinitos que titilan en el horizonte.