Ya los tengo, Cisco, en la mollera. Sólo queda realizarlos en el papel, y luego, al escáner y al blog de dibujitos.
En uno veo a Garzón (caricaturizado, claro) comiendo con cuchillo y tenedor. En el plato, un bistec negro con la figura de Euskadi que todo el mundo conoce. Y a modo de babero, una servilleta atada al cuello, que es ni más ni menos que la bandera de la Segunda República, roja, amarilla y violeta.
En el otro veo al mismo, que acaba de escribir en un folio "TODO ES OTAN", y está imaginándose a Aznar entre rejas. El pié o comentario aclaratorio diría: "Garzón se prepara un lavado de imagen para después de la inhabilitación".
(Creo que los que deben estar brindando con champán son los ciervos de Cazorla, aunque ahora, con más tiempo libre, el Juez cazador podrá desfogar su mala leche multiplicando sus hazañas cinegéticas reventándolos a balazos).
Ea, pues si te parece bien, manos a la obra.
sábado 11 de febrero de 2012
jueves 26 de enero de 2012
Diálogo por una parte
—¿Entonces no jugamos a la pelota?
—No, Cisco. Quiero escribir un poquito. Luego, tal vez.
—Y... ¿y si me dieras un paseíto?
—Ya te lo he dado hace media hora, hijo. No podemos estar todo el día en la calle.
—Bueno. Dame una galletita, al menos.
—Cisco, no puedes tener hambre otra vez. Lo que pasa es que no soportas verme tranquilito, sentado al ordenador.
—Antonio... estoy tan aburrido. Se me cae el mundo encima en ratos como éste. El corral está muerto, no se oyen pájaros, ni siquiera el maullido de algún gato... Y aquí dentro se siente ya ese oprobioso vacío que los prolegómenos de la primavera deja en las casas, o al menos en casas como la tuya, tan sola, tan desangelada.
—Espérate, que te voy a traer una perrita atractiva y joven.
—Mira, no me vendría mal.
—Eso es lo que te pasa: que la llegada de la primavera te pone las hormonas en ebullición, cernícalo. Pero lo subsanaremos en cuanto la ocasión se muestre propicia, y no aquí, desde luego. Porque temo que entre los dos acabéis por dejarme de patitas en la calle.
—Hombre, podemos hacer trío.
—Trío de ases.
—A mí no me das asco del todo, la verdad.
—Mira, Cisco, lo de los tríos es algo consustancial con las contradicciones de la naturaleza humana. Hablo por mí, porque ya sé que vosotros los caninos sois más flexibles. Nosotros, por un lado, no somos exactamente capaces de vivir en parejas cerradas, y la prueba la tienes con mirar a los matrimonios a tu alrrededor. Son desgraciados a más no poder. O sea, que necesitamos la promiscuidad. Muchos males del mundo, como la frustración y la neurosis que crea en la sociedad la férrea imposición de una mujer y sólo una, para toda la vida además, están en el origen de la agresividad y del egoísmo. Y ahora viene la contradicción que te señalaba. Practicando sexo en grupos no somos menos desgraciados. ¿Qué te parece?
—Que lo siento por vosotros. Mientras tu frustración y agresividad no se dirija contra mí ni contra mis intereses directos, vamos p´lante.
—¡Ah!, si es por eso, no tienes porqué preocuparte, chato. Mañana voy a pedir presupuesto para el dentista, que vamos a hacerte una limpieza. La segunda en tu perra vida.
—¿Anestesia?
—Sí, claro.
—Menos mal.
miércoles 4 de enero de 2012
Real
La realidad a la que con tanta ansia nos aferramos no va más allá de un habitáculo denso de tinieblas pardas en las que nuestro cuerpo se debate en el imposible intento de descifrar los estímulos sensoriales que, falazmente, se le ofrecen; ahora extiendo un brazo-tentáculo y creo percibir algo seco y frío, de superficie lisa, ahora intento convencerme de que me he acostado, o ahora de que he trasladado una silla desde un rincón a otro.
Todo es falso. Y la monstruosa engañifa encuentra vehicularización a través de los conductos nerviosos de nuestro organismo, hasta procesarse en la más extraordinaria culminación de la mentira: el cerebro humano.
Como producto de la evolución natural, el cerebro es una trampa maligna concebida por, sin duda, alguna entidad perversa. Es la gran factoría de lo hecho por hacer.
Ahogado en el oscuro habitáculo, sólo, aterido y lleno de miedo y desesperación, salí a la calle (entiéndase, comencé a soñar, o a padecer una pesadilla).
Hace una mañana soleada y fría, de cielo azul y aire transparente, y todo está desierto, cuando ¡oh, sorpresa! reparo en que la fachada de mi casa está plagada de grafitis. Escritos con pintura turquesa, de tamaño más pequeño que grande, con ortografía aceptable y trazos vigorosos, denotan seguridad, falta de nerviosismo y carencia de apremio, y ocupan la totalidad de la pared, sin dejar libre un palmo cuadrado.
De una rápida mirada interpreto, en general, el contenido de los mensajes. En cierto aspecto son ofensivos y amenazantes, siempre sin llegar a la vulgaridad, y denotan amplio conocimiento de mi vida y obras. Se me acusa de izquierdista y agitador, de vivir como un señor sin haber trabajado en la vida... Todo ello aderezado con tópicos como "Arriba España", "Rojos al paredón", "Inmigrantes fuera", "Ejército a la calle", "Franco, Franco, Franco", "No al aborto", "Heil Hitler".
Pero, ¡más asombro!, otro tanto les ha sucedido a los demás vecinos; cuando vuelvo la cabeza al entorno la instantánea sensación de irrealidad que me desborda es la de que los demás hogares son espejos de cristal reproductores del mío, mas pronto compruebo que no es así, que todas las fachadas están realmente llenas con los mismos, o parecidos, letreros. Nadie en la calle se ha librado. Con disimulo intento leer el contenido de una de ellas, y veo con estupefación que también manifiestan conocimiento de la intimidad de su dueño. Ando calle arriba y abajo, y en la totalidad se repite el hecho. Referencias a profesiones, a historias personales, a relaciones familiares y hasta a deudas coinciden con lo que yo sé de sus habitantes, o con lo que de ellos es público y notorio.
Pienso que Castilleja de la Cuesta ha sido tomada por una horda de ultraderechistas mientras, Calle Real abajo, me dirijo al centro del pueblo para recabar noticias acerca de la extraña situación. No hay una casa que no exhiba las repugnantes expresiones. En los bares y cafeterías hay poca gente, y es difícil encontrar a alguien fiable con quien compartir opiniones. En un corrillo al sol, un anciano envuelto en una vieja pelliza negruzca hace tímidas referencias al suceso, como con miedo a ser oído por algún extraño. Me acerco y hablo con él, y sus comentarios me dan luz y me guían en mis especulaciones. Castilleja, antaño pueblo blanco de cal, amaneció llena de sandeces y barbaridades.
Todos los castillejanos han sido acusados de lo mismo: izquierdismo, falta de "valores", etc., por lo que es obligatorio deducir que el ataque proviene de gente foránea. Pero... ¿y los ultraderechistas del pueblo? ¿los que alaban y exigen mano dura policial? ¿los de "primero los de aquí"? ¿los de misa a diario? ¿los de "las mujeres a quitar pelusas de debajo de las camas"? ¿los del colguijo rojigualdo en el parabrisas? ¿los de las camisetas de "Soy español, español, español"?
( Estos últimos pobrecitos siempre me recuerdan a El Cabrero cantando aquel fandango que dice: "En la mirada... Al que es tonto tonto tonto... Se le nota en la mirada".
Y los no menos pobrecitos del banderín nacional, supongo que no lo llevarán para alardear por Europa de hispanos imperialistas, con cinco millones de parados. )
Y mi escapada onírica no rinde más frutos. Los corrillos, las cafeterías, la preocupación por la invasión de los fachorras, las calles, las casas con sus pintadas, el cielo azul y el aire claro fueron perdiendo perfil y color, se fué reduciendo la sustancialidad del mundo y me ví, de nuevo, envuelto en la oscuridad del habitáculo, contigo, monstruo peludo a veces noble y a veces egoísta, lampando incansable por salir a dar un paseo. Algo imposible, porque una gripe atípica como la que padezco tarda todavía en desaparecer al menos dos o tres días más.
lunes 19 de diciembre de 2011
Portal de Belén de Castilleja de la Cuesta
Proyecto de Portal de Belén para Castilleja de la Cuesta. Dedicado a todo el pueblo sin excepción.
Al fin y al cabo, Cisco, hay serios indicios de que tu madre también era virgen; y tu padre, por supuesto, un santo de los piés a la cabeza.
domingo 11 de diciembre de 2011
viernes 11 de noviembre de 2011
Los niños y los muertos
Esta mañana, querido can, por tal de desentumecer las piernas, he cogido la burricleta para ir a Valencina (antes del Alcor, ahora de la Concepción) y de paso, comprar fruta. Por el carril-bici, ¡ap, op, ep, aro, ap, op, ep, aro! en un periquete me encajé en el pueblo. Conseguida unas buenas uvas y unos no malos caquis, a 4,60 € el total, decidí volver a través del campo, porque el cielo despejado y el agradable sol a ello convidaban.
Por el camino terrizo del dolmen "La Pastora" hacia Castilleja de Guzmán, sorteando piedras y baches, silbando feliz entre olivaritos voy, cuesta arriba y cuesta abajo. Al fondo, tras las suavemente onduladas lomas en las que pacen pardas caballerías, se abre la Vega, siempre azulceleste. Los pájaros en bandadas picotean semillas. Me cruzo con un tractor y su viejo conductor me devuelve el amigable gesto que le hago con la mano.
A la altura del dolmen distingo un colorido grupo de gente que no tardo en identificar como colegiales visitando el prehistórico enterramiento, y enderezando por un senderillo me dirijo a él por ver de participar, de gorra, en el evento.
¡Vaya! Son niños, pero muy muy niños. A su cuidado, una señorita, un muchachote y el uniformado conductor del autobús que los ha traído, según me comunican. Tras pedir el preceptivo permiso con toda educación, aparco la bicicleta en un talud y penetro por el portón de gruesa chapa; dentro, guiados por las linternas de otros monitores, ya hay un grupito de chiquillos, los cuales avanzan vacilantes por el estrecho e interminable pasillo. Los han dividido porque, luego supe, no está permitida la entrada a más de seis personas a la vez.
Los niños no, pero yo he de progresar encorvado y con las piernas flexionadas, si no quiero rascarme la coronilla con las lascas pétreas que forman la techumbre del pasadizo. Al fondo existe una cámara circular de una altura que permite enderezarse a los adultos; son los que nos reunimos, además de un servidor, otro joven y una muchacha empleada del Ayuntamiento, que ejerce de guía, mas cinco o seis gurripatos. Nos da ella una explicaciones someras del habitáculo, sustituyendo la palabra "muerto" por la de "difunto" porque —comenta— no quiere aterrorizar —más de lo que está ya— a la absorta chiquillería, que con ojos asombrados y bocas herméticas mira al techo tenebroso. Hace calor ahí dentro, y siento por la cara correr el sudor.
Salimos por fin, yo entre los críos. Llevo delante una niñita rubia que tropieza con las irregularidades del suelo. Calza unos botines con pequeños pilotitos rojos en los tacones, que se encienden tenuemente en cada pisada.
En la explanada de la puerta espera, sentada en el suelo herboso, otra tanda de chiquitirrines. Me despido y, ya alejado unos metros con el velocípedo de la mano, recuerdo que llevo la sopranino en el trasportín. No resisto entonces entonar unas sencillitas notas, por tal de ver la reacción de los escolares, así que, piiiiiiiii pi pi piiii piiiii, y vuelven las caritas al unísono. Soy breve, porque una de las niñas se levanta y con la vista fija se dirige a mí sin titubear, absolutamente encantada, pero la maestra, alarmada (algo que comprendo: no está el horno para bollos) la llama: "¡¡Esperanzaa, Esperanzaa!!", y desisto de seguir. Aunque la cuidadora, acaso para enmendar, pide al abrupto final un aplauso reparador, me queda cierta amargura; mas, como escribió Pío Baroja: "el mundo es ansí". Es, o mejor dicho ahora, está ansí, porque yo he conocido tiempos mejores, cuando los enanitos se te subían encima, sin reparos de sus mayores, y te babeaban la boquilla de la dulzaina.
Bueno, Cisco. Me conformaré contigo. Al fin y al cabo, tú eres mi niño.
Ya hacían unos buenos veinte años que no entraba en el dolmen de La Pastora, tan celosamente guardado ahora para protegerlo del vandalismo, pero recuerdo de joven haberme cobijado en él de la lluvia, tras volver de noche de alguna excursión por las rutas del mosto.
Ahora en casa, con la lata de cruzcampo en la mano, sintiendo tus hocicadas en las pantorrillas (¿también quieres que te mire mientras comes? ¿o que te hable?), me repaso la dentadura con la lengua recordando a los ancestros. Por la ventana de la cocina la luz que incide en la mesa es milenaria ahora, y siento la vejez del entorno. Tú, lobo descafeinado de antigua mirada, chascas el pienso seco, y yo percibo esta casa como una casa antigua que ahora me parece extraña, y una Castilleja no menos extraña, vieja vieja vieja.
domingo 6 de noviembre de 2011
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