domingo, 28 de julio de 2019

Aniversario

Te recuerdo a todas horas, en casa y cuando salgo a pasear. Hace ahora un año que te atropelló aquel coche blanco, Cisquillo. La mirada más limpia que un ser viviente me ha dirigido en toda mi vida.

viernes, 27 de julio de 2018

El atropello.


Hacía calor, mínimas franjas de sombra apenas brindaban refugio bajo los rayos del sol inclemente. A pesar de ello, confiando en las de los naranjos frondosos, tomé la determinación de salir a cumplir con el corto paseo tónico tras un copioso almuerzo, ritual diario alrededor de la manzana. Como siempre a mi invitación, te alegraste de hacerme compañía, de ver la calle. Nos encaminamos felices hacia la carretera, y en la esquina —ya entonces me habías sacado quince metros de ventaja— te ordené detenerte con un "¡espera!" al cual regularmente obedecías con exactitud; las esquinas con su falta de visibilidad son peligrosas porque puedes encontrarte de improviso con algun otro can agresivo que te propine algunos mordiscos. Ya en el tramo de la Avenida de Sevilla que corresponde a la Barriada, tranquilos, anduvimos como lo teníamos por costumbre, yo siempre tras de tí. En la siguiente esquina, con Virgen del Pilar, de nuevo la orden de detención y tu parada, hasta que enfilamos esta dicha calle; la sombra era, como queda dicho, escasa a aquella hora de las tres de la tarde. Había algo de animación, probablemente porque se había celebrado en el colegio algún acto de despedida del curso, y venía hacia nosotros alguna familia, alguna madre dando indicaciones a sus niños. Me sacabas los consabidos quince metros mientras husmeabas en las piletas de los naranjos y en los pies de las farolas, trotando con tu ligero paso que no denotaba los trece años de existencia que habías logrado, campeón; observé, como desde hacía unas semanas observaba, que los albañiles en la casa de Luis Miguel Pozo tenían cortada la acera con dos bandas de plástico, para transitar con comodidad con los carrillos de mano que, llenos de escombros, volcaban en un contenedor estacionado justo enfrente de la puerta; aunque a esta hora no había ninguna actividad y la casa permanecía cerrada. Hacía casi un mes que permanecía así este bloqueo de la acera de día y noche, cosa no común ni de uso en las obras de la Barriada. Te dí el alto cuando llegaste a la primera cinta, y cuando nos reunimos te indiqué que saliéramos a la calzada para bordear la barrera y el contenedor, pensando en volver de inmediato a la misma acera para continuar el paseo, más tú, acostumbrado como estabas a interpretar que había que cruzar a la de enfrente, confiadamente, obedientemente, cruzaste.

El gran coche blanco, uno de la clase todoterreno, venía muy despacio, y en el estrecho espacio que dejaba entre él y el contenedor me introduje, pensando que te llevaba a mis pies, que me seguías; oí un ligero gemido, rodeé el automóvil por la parte trasera, y estabas casi bajo la rueda delantera izquierda, echado en el asfalto caliente, ovillado, gimoteando del susto. Algo cayó de pronto sobre mí como una gran sombra, pareció que el universo se apagaba con una fatalidad irremediable. Me incliné y te recogí con cuidado, te dejé suavemente sobre la acera en sombra al otro lado de las bandas de plástico; en ese momento, al inclinarme, inesperadamente me mordiste en la cara, en el lado derecho, un amplio bocado, seco, grande, cálido, como una despedida final, con el que parecías querer decirme que ya no había remedio. Te quedaste quieto, enroscado sobre el suelo, en silencio, fija la mirada, la cabeza caída. Me animé porque entonces parecía que el atropello no había sido importante. Tenías en la pata trasera derecha un par de pequeñas heridas que mostraban la carne rasgada pero que no sangraban y, por lo demás, no parecía nada grave. Al momento llegaron los dos ocupantes del coche tras dejarlo aparcado, matrimonio vecino de la misma calle. Se interesaron por el accidente, estuvimos unos minutos hablando, esperando que te recuperaras de lo que tan solamente parecía haber sido un susto. Pero no fue así, no te incorporabas, de manera que me despedí de los automovilistas, te alcé con sumo cuidado, y en brazos nos fuimos a casa desandando el camino hecho. De nuevo por la Avenida de Sevilla, tu cabeza exagüe caía sobre mi brazo, tu cuerpo fláccido, y tu desfallecimiento, auguraban lo peor. En la puerta te volví a dejar en el suelo para sacar la llave de casa y abrir. Pasó una mujer con su niño, preguntó qué había pasado y le respondí sin mirar y lacónicamente, "un accidente". En el fresco salón te dejé sobre tu cojín azul, te puse agua fresca y un par de galletitas, y me dispuse a esperar tu reacción.
Empezó a aumentar el dolor, te quejabas con llorosos ladridos, no podías levantarte, te arrastrabas buscando comodidad, tus patas traseras no respondían, la una sin fuerzas para sostenerte, se doblaba, y la otra absolutamente paralizada e inútil, pendía sin vida; lograste subirte al sillón bajo, entre gimoteos; volviste al suelo, te metiste a rastras en la inmediata perrera, en tu caja de cartón, gimiendo, dolorido, lloroso. Yo te acariciaba, intentaba calmarte con palabras cariñosas. Me senté a tu lado. Pasaron dos horas, y ante tu empeoramiento decidí llevarte al veterinario. Tras infructuosas llamadas telefónicas a la familia, ocupada con gestiones ineludibles, Pili por fin pudo recogernos en su automóvil.
La veterinaria titular no estaba, hubo que avisarla, esperar que viniera, vivía en otro pueblo. En el suelo fresco del vestíbulo, con el aire acondicionado, parecías mucho más tranquilo, sin dolor aparente. Tras una hora apareció la facultativa, te palpó, te estiró los miembros traseros, y nos dijo que quería hacerte radiografías, que tardaría un rato; nos fuimos a esperar a un bar, el de la bocacalle de Jesús del Gran Poder, ahora peatonalizada. El calor comenzaba a ceder, yo estaba más animado, a la espectativa, casi optimista.



De vuelta al veterinario nos enseñaron las radiografías y nos explicaron el caso. Fractura de cadera, con varias esquirlas óseas claramente visibles. La imagen de la vejiga urinaria no se observaba. El consejo era acudir a un centro más especializado, el de Guadiamar en el polígono industrial Solúcar de Sanlúcar la Mayor, o en todo caso llevarte de nuevo a casa, inmovilizarte en una caja y esperar la evolución. Me decidí por lo primero y en el coche de Pili, por la autopista a Huelva, llegamos a la clínica hacia las 8 de la tarde, en donde quedaste ingresado. Pagamos la factura por adelantado.

Temprano a la mañana siguiente —sábado 23 de junio de 2018— recibí, en la casa llena de tu vacío, una llamada. Te habían puesto sonda, estabas sedado. Volverían a llamar hacia las once de la mañana, por si quería hacerte una visita. Sí. Naturalmente. La concertamos a la una del mediodía. Cogí un sombrero, la talega con frutilla, un cortadillo y el botellín de agua, y me fuí a la parada del autobús en el Mueble Castellano. Llegué a Sanlúcar demasiado pronto, dí un paseo por el centro de la población, y luego comencé a preguntar por el polígono Solúcar. Casi me pierdo, creí que estaba más cerca, muchos no sabían orientarme, anduve un buen rato bajo el sol por lugares destartalados y desiertos, por barrios deformes, callejones y tramos de carretera sin acerado, urgido por la falta de tiempo, temiendo un golpe de calor. Algún que otro coche pasaba rápido por las calles vacías. Por fin divisé el polígono, al borde de la autopista, y el rótulo de la tarde anterior: Guadiamar. Tu último cobijo en la Tierra, amada criatura.

miércoles, 27 de junio de 2018

¡Ciiiiiscoooo!




¡Ciscooooooo!

Patético en la cunita de la clínica que el empleado dejó en el suelo junto a los asientos del vestíbulo. La visita fue a la una de la tarde del sábado 23 de junio del año 2018. Hacía calor sobre Sanlúcar y el polígono industrial estaba desolado y vacío. Cuando me reconoció a través de las cataratas de su ojos espantados de miedo y de dolor, olisqueó el aire en busca del aroma familiar. En su pata un Velcro azul sujetaba la vía por la que había recibido suero fisiológico desde la tarde de su ingreso, el día anterior, y en el costado mostraba una amplia zona afeitada. Le hablé las palabras cariñosas que tan bien conocía. Gemía débilmente, y al momento pareció regresar el dolor de la cadera fracturada. Respiraba con afán, se agitaba. Lo incorporé, tenía el abdomen muy hinchado y con zonas amoratadas. Aumentaron sus gemidos mientras intentaba salir de la cunita de plástico, sus patas traseras paralizadas tal y como quedaron desde el atropello. Parecía querer decirme que lo sacara de aquel infierno, que lo llevara a pasear. Yo estaba estremecido de pena, llamé a voces al sanitario porque el pobre perro comenzó a ladrar convulsivamente entre estertores. Tuve que repetir la llamada un par de veces, la clínica parecía desierta. Por fin vino una joven y el mismo empleado, me dieron algunas explicaciones, lo alzaron en la cunita y se lo llevaron, no sin antes dejar que me despidiese de él, rascandole con suavidad tras la oreja y, bajito, nombrándolo como desde que, con cinco meses de edad, vagando asustado por los olivares de Camas y con el rabo cortado, le habíamos llamado: ¡ Ciscooooooo !

Yo intuía vagamente que era la despedida definitiva.

Luego, en un gabinete, un veterinario de ojos fríos y enigmáticos me ilustró acerca del procedimiento que pensaba seguir: las fracturas de la cadera pasaban a segundo plano, porque lo más importante era rebajar el nivel de potasa mediante sonda y drenaje de la orina que la vejiga rasgada había vaciado en el peritoneo, potasa que constituye un veneno mortal para el corazón, y con base en continuos lavados de la cavidad abdominal eliminar el riesgo de infección. A más de otra sonda y drenaje del líquido que, presionando en los pulmones, le impedía respirar con normalidad.

Pagué el resto de la factura del día anterior, nefasto viernes 22, y habiendo oído ladridos en el interior del recinto, mientras recogía la tarjeta bancaria y mi bolsa le pregunté a la empleada que si era él.

—Sí —me respondió enarcando las cejas y clavando en la mía su mirada medio indiferente, medio iluminada por la curiosidad.



Me marché abatido.

domingo, 27 de agosto de 2017

Ramón Oliver


                                                           Mi abuelo, Ramón Oliver.


Hoy, querido perro, me ha salido el arroz durillo, he tenido que masticar con ganas.

Mientras cuchareaba, un tren de recuerdos se deslizaba en mi cabeza.

Íbamos hace tiempo de paseo por el senderillo de la Hijuela de la Gitana, a la diestra Castilleja, a la siniestra Camas. Hacia este último término se extiende hasta el horizonte, ondulante, una campiña todavía no muy fragmentada por modernas construcciones.

Evolucionando a lo lejos un caballista sobre los rastrojos levantaba nubecillas de polvo rojizo. Cuando estuvimos más próximos ví a qué se dedicaba. Había pensado que era el mismo de otras veces, destacado como vigilante porque a estos sembrados de grano suelen meterle fuego casi cada año la canalla excursionista, la ciclista o la paseante que circula por el caminito a todas horas, pero en esta ocasión no era tal, sino un payasete vestido a la andaluza con chaquetilla corta, zajones y sombrero de ala ancha, sobre un bello animal color café con leche claro. El idiota se dedicaba a hacer que su montura diera saltitos sobre los tallos recién segados, y de vez en cuando se quitaba el sombrero con la diestra, se lo ponía en el pecho, inclinaba la cabeza, y obligaba al cuadrúpedo a girar sobre sí. "¡Ya está", me dije: "un caballista de salón, o lo que es peor, un taurino rejoneador ensayando sus crueles mamarrachadas". Me dieron ganas de hablarle, de decirle: "oye, payaso, lárgate, estas tierras son más mías que tuyas".

En efecto, la estampa clásica del campesino reclamando el fruto de su trabajo se representó entonces ante mí con la urgencia de la indignación. Si la tierra es de quien la trabaja, como de hecho debiera ser, mis pensamientos tenían una gran lógica. Aquí sudaba mi abuelo su jornal día a día. Como quiera que la población cameña queda a bastante distancia, —al contrario que la castillejense—, solían los terratenientes contratar a los labriegos que viviesen más cerca, así que toda esta zona la labraba gente de Castilleja . Venían en cuadrillas y se pasaban de sol a sol en el terruño, haciéndose ellos mismos el almuerzo en una olla sobre unos pedruscos a modo de trébedes. Uno ejercía de cocinero y cierto día, preparando un arroz, no tuvo mucho éxito que digamos. Probaba y probaba con su cucharón mientras hervía el recipiente y los granos no daban muestras de reblandecimiento. La única solución que se le ocurría era echarle más aceite, volcándole la garrafa. Cuando ya se rindió y repartía a cada cual su ración, mi abuelo, al paladear la suya, comentó con sorna: "ya tenemos perdigones para todo el año".

domingo, 16 de julio de 2017

Poesía décima.



El alcalde de Mineras es un hombre pequeñito,
que no se mete con nadie.
En la taberna, en días alternos,
se bebe un vaso de vino.
Cuando en un acordeón expira
casi irremediablemente lenta una lenta melodía palidece,
se le empaña la mirada
verde pálida, de pálida huerta mojada.
Acontece alguna vez a media tarde
de cielo espeso de nubes, que, en la altura,
un dulcísimo desgarro a la vez triste, cede al sol,
bañando de oro,
la mirada del alcalde de Mineras.
Poca cosa que añadir a esta crónica insulsa y desganada.
Que al amanecer con niebla
le duele el hombro derecho,
aunque no lo sabe nadie.
En el barandal del puente, asomado, el alcalde se lo calla, ¿para qué?
Mineras no es nada más:
un dolor,
niebla y tristeza,
el puente sobre las huertas
empapadas de rocío,
y, —de vez en cuando—, el torrente melancólico de luz,
espectral,
inconcebible,
a través de las nubes desgarradas.

(Abril de 2017)

Poesía novena.

Olivar del Morisco,
viento en las ramas,
amapolas sin hojas,
charca sin ranas.
Pasa un cortejo:
brillantes calvas
y algún lamento.
Y en el camino
de polvo yerto
la chumbera y su sombra
oyen al muerto.
Olivar del Morisco
y del silencio.
El mosto en la taberna
hierve en febrero.
Blancura de la nube,
azul del cielo,
umbroso el surco,
rostros morenos.
Zumbidos de pozos,
patios inciertos,
cacareos de gallinas
y desconciertos.
Y mientras, la luna
sobre las tejas,
cuaja de tristezas
pupilas viejas.
Olivar del Morisco,
duérmete pronto.
Deshilachado el llanto
no te despiertes
mañana. Olvida,
durmiendo hondo,
olivar, tu pena.

(Abril, 2017).