martes 10 de noviembre de 2009

La dermatitis alérgica



Te vamos a dejar como nuevo, chato. Las dos inyecciones de esta mañana para empezar. Parece que la del lomo te dolió, ¿eh, pájaro?. Pensarás que soy un canalla por llevarte a ese antro de penalidades que imagino debe ser para ti la clínica veterinaria. Estoy seguro que no asocias con ella el bienestar posterior que te dispensan los cuidados y atenciones que allí te proporcionan, pero así es, Cisco. Ese precioso tesoro que es la salud tiene su fundamento, origen y basa en los medicamentos que nos proporcionan los doctores, salvedades aparte como es la vacuna contra la gripe A según la monja Forcades, pero eso te concierne sólo indirectamente (en el sentido de que, si caigo malo con dicha gripe no podrás disfrutar de tus dos o tres paseos diarios).
Han sido 34 euros por la consulta y los dos inyectables. Preferible es gastarse el dinero contigo, antes que con muchos humanos que en el mundo son. La caja de pastillas, CEFA-CURE, de 20 unidades, 20 euros y 26 céntimos, o sea, más de un euro por pastilla. Te digo lo mismo: es dinero bien invertido. Y queda el CORTAVANCE en espray, que recogeremos esta tarde de la farmacia. Nada, nada. No te preocupes. Lo peor que puede pasar es que nos veamos en la calle durmiendo en cartones, con una mano delante y otra atrás.

miércoles 4 de noviembre de 2009

Apreciaciones

Cisco, una persona que lleva a su perro suelto de paseo sin su collar y su correa es un ser deleznable, miserable, irresponsable, "hecho polvo", si me permites la expresión; por obvias razones, entre las que están que el can pueda extraviarse y perderse —la más importante según mi valoración—; otra de estas razones es la molestia que causa a las demás personas que comparten los espacios públicos, y a las eventuales mascotas de estas personas; ¡cuantas veces hemos ido juntos, disfrutando de nuestro esparcimiento por calles y campos, y de sopetón ha llegado hasta nosotros, a importunarnos, un perro agresivo, cuyo estúpido dueño no se preocupa por él y mira, por lo general, para otro lado!
Me consta también que hay gente con una especial sensibilidad, que no soporta la proximidad de un animal. En especial, muchos niños. Bastantes.
Imagínate a tus congéneres atiborrándose de porquerías indigeribles en todo contenedor que se ponga a mano.
Es penoso ver a diario por paredes y postes los cartelitos fotocopiados con los que un poseedor de perro implora algún dato sobre su perro desaparecido, a veces ofreciendo dinero. Pero para estos desgraciados a los que parece importarles un comino que su chucho muera aplastado por un automóvil, o que muerda a cualquier viandante, o que se desoriente, se pierda, y sufra las terribles consecuencias del hambre, la sed, el abandono... dichos cartelitos deben significar algo así como cursilería, cosas de "pijos", según parece.
Cisco, estas personas son dignas de lástima. Deberían estar atendidas por psicólogos. Son más dignas de conmiseración que sus tristes, desamparados animales.
Nunca, —entérate bien—, nunca, te llevaré de paseo sin tu arnés y tu correa retráctil.

miércoles 12 de agosto de 2009

Diálogo angustioso


—Llevo bastantes días con una idea, o concepto, rondándome la cabeza.
—¿Sí?
—Sí. Como lo oyes. Hay constructos mentales que son como esas cancioncillas que se pegan de tal forma que puede pasarse uno toda una mañana tarareándolas. Creo que si me permites que te explique el asunto, Cisco, podré quitármelo de la mente, o al menos encontrarle otras caras y otros aspectos.
—Bueno, venga. Te escucho.
—Verás; resulta que, a raíz de cierta preocupación que me angustiaba, en relación con la contemplación de obras de arte, decidí dar un repaso a mis viejas lecciones de filosofía, en busca de alguna objetividad que me mantuviese a flote en la deriva y torbellino que sufre mi alma frente a, digamos, una buena composición musical, pongo por caso. Sensible que es uno.
—Ya, ya. A veces abusas oyendo música, como el otro día con los joropos venezolanos; te estuve observando las más de tres horas que te pasaste abstraído, más allá que acá.
—Claro. Mira a ver si estás de acuerdo: el saber más primigenio y radical, pienso, puede ayudarnos en esta tesitura, proporcionándonos distancia, conciencia, control y, repito, objetividad. Por eso acudí a mi querido diccionario de Ferrater, y abrí la página de Filosofía del Arte.
—Bien hecho. Don Jose Ferrater Mora colocó con su magna obra a la filosofía hispana en un lugar prominente.
—¡Ji, ji! Veo que no eres un perro torpe, no.
—Hombre... ¿a qué te crees que me dedico cuando me quedo mirando el fondo del patio, echado en el suelo fresquito y sin mover un pelo del cuerpo? A triturar con mi cerebro la problemática más metafísica que imaginarse pueda.
—Lo tendré en cuenta desde ahora. Y procuraré no sacarte bruscamente de tus profundas cavilaciones.
—Lo cual te agradeceré mientras viva, amo Antonio.
—Bueno. Al grano. En el referido artículo se habla, entre otras cosas, de la relación entre intuición y expresión: Ciertos autores sostienen que el arte es esencialmente intuición y que, en último término, esta intuición es "inefable" o por lo menos "intraducible". Los símbolos usados son entonces considerados como algo humanamente necesario, pero de alguna manera impuro. La intuición es aquí una especie de "forma pura" que usaría la expresión como una materia siempre inadecuada. Otros mantienen que el arte es esencialmente expresión y que lo que importa son los medios expresivos y lo que puede hacerse con ellos. Finalmente otros declaran que intuición y expresión son igualmente necesarias.
—Ya te veo. Todo el día pensando si echando mano de la intuición vas a saltar a la fama universal, o si es preferible hacerlo desempolvando los tubos de óleo petrificado ¿no, artista?
—Cisco, por favor. Un poco de respeto.
—Porque te respeto digo lo que pienso. Llevamos ya mucho tiempo conviviendo y creo conocerte algo.
—Pues para que me conozcas más, te diré que, necesariamente, al leer expresión medité sobre expresionismo, esa tan famosa escuela, o tendencia, que sobre todo en pintura dio tanto juego en el siglo recientemente dejado atrás. Y entre los expresionistas a los que sometí a un repaso, un individuo que llamó mi atención, Panamarenko (seudónimo de Henri Van Herwegen, nacido en Antwerp, Bélgica, el 5 de febrero de 1940), el cual construía esculturas de fantásticos aviones y aparatos voladores.
—Total, que emprendiste un viaje etéreo.
—Pues sí, pero en el tiempo, y marcha atrás, Cisco, porque... ¿cómo no acordarme de mis años de cadete (soldados-alumnos nos llamaban) en la Escuela del Ejército del Aire de Agoncillo, provincia de Logroño?
—Arrea. Yo no habría ni nacido entonces.
—Ni tú ni tu padre ni casi tu abuelo, chico. Era allá por el año 1965. Teníamos un profesor, teniente él, hombre fornido, de tez cetrina y ojos zarcos, fríos e inhumanos; fumaba incansablemente y nos recitaba la lección entre bocanada y bocanada de humo paseando entre los pupitres, con voz de autómata y mirando al suelo. Nos daba la asignatura de "Tecnología", que por aquel entonces y allí no era lo que hoy y aquí, sino que versaba sobre componentes de los diversos aceros, resistencia de materiales, máquinas-herramientas, normas UNE y normas DIN, y cosas parecidas. Eran "Viejas Tecnologías" que nada o poco tienen que ver con las "Nuevas". De aquellos recordados profesores llegamos a sospechar que habían participado, alguno que otro, en los cruentos bombardeos de la Guerra Civil, incluido el incalificable de Guernica.
—Hay que ver. Y luego usáis peyorativamente la expresión "animales" como insulto.
—Así somos, querido perro; y en esas nuestras manos estás.
—¡Glub! (Inaudible)
—Bueno, sigo. Y por estos simples derroteros desemboqué en la rememoración de una novela que significó mucho en mi vida moza. Refiérome a "La ciudad y los perros", del escritor Mario Vargas Llosa, en cuanto que ajustadísimo retrato de lo que era y constituía aquella escuela militar riojana. Muchos de los episodios y aventuras de la célebre novela parecen calcados de los que nosotros experimentamos allí durante aquellos años. Viví, querido Cisco, algunos de sus capítulos en mi propia carne.
—Vaya, qué interesante.
—Sí que lo es. Entonces, yo, como mis amigos y conocidos, admiraba a don Mario. Sus obras en pleno boom literario sudamericano nos ayudaban a vivir y nos enriquecían las almas. Pero luego, desafortunadamente, llegó el desengaño, cuando el novelista peruano derivó, derechizándose, a unos planteamientos que desde niños habíamos odiado. Hoy día sería lógico situarlo en esa fiesta de la élite peruana en la que el general Donayre, rodeado de acólitos y cortesanas enjoyadas, bromea sobre los empobrecidos chilenos que cruzan la frontera, diciendo que los va a devolver en cajones, y si no, en bolsas de plástico. Las señoronas ríen las gracias del general con carcajaditas recatadas. Solo faltaba en la coreografía el autor de "Pantaleón y las visitadoras".
—Así es la vida, Antonio.
—Así.

sábado 18 de julio de 2009

Toque de ciscarra

Toque de ciscarra, el cual Antoñito el de Castilleja (con la impagable colaboración de Cisco®) dedica a Pedro Delgado, extremeño con hondura, autor del blog "Quejío flamenco". Gracias siempre, amigo mío.

jueves 25 de junio de 2009

Fenomenología del Fenómeno





Emoción y orgullo a partes iguales sentimos al presentaros algunas de las actitudes vitales del Fenómeno de la Naturaleza, captadas bajo circunstancias inverosímiles.

miércoles 24 de junio de 2009

Fenómeno de la Naturaleza

sábado 13 de junio de 2009

Ventiladores y perros


Aplicando la variadísima morfología canina, dilecto Cisco, a los utensilios de la vida diaria, y en concreto a los ventiladores, esos aparatos engendradores de brisas que parecen dotados de vida propia, permítaseme unas comparaciones que se encaminan acaso al remoto pasado, cuando nuestros ancestros animistas veían, o creían ver, o decían que veían, o decían que creían ver seres animados hasta en los más humildes guijarros.
Tenemos, para nuestro solaz, un ventilador grande, blanco y silencioso, de movimientos pausados, lentos, ceremoniosos: es un fantasma amigable, un espectro lleno de bondad, como esos enormes perros mudos de pelo largo, sedoso, que acompañan a sus amos pegados a sus pasos, sin volver la cabezas ni menear la colas.
Tenemos, para nuestro disfrute, un ventiladorcito enano, robusto, escandaloso, que se mueve con violentas y desencajadas oscilaciones: este sin duda es perro de presa de tamaño degenerado a causa de los cruces con perritas de salón.
Tenemos, para nuestra satisfacción, un artefacto que en nada tiene que envidiar a las hélices de aquellas fortalezas volantes que propiciaron el triunfo de los Aliados en la dura confrontación de mediados del siglo pasado, la horrorosa Segunda Guerra Mundial: este es inclasificable, acaso lobo adulto, plateado por la luna y el resplandor de la nieve; en verdad es hálito invernal lo que exhala, pero... ¿te extrañas, amigo mío? ¿no sabías que los lobos son perros igual que tú, solo que menos proclives a la vida cómoda y regalada?
Y por fin, tuvimos, ahora ya sólo en retazos y girones de la memoria, un ventilador que acabó sus días pringoso, polvoriento, entelarañado y roído por el óxido. Era bonito cuando joven, pero el tiempo y la edad lo convirtieron en una basura metálica repugnante: este podías haber sido tú. Ya sé que no te gusta que te lo recuerde, pero a veces es bueno volver la vista atrás, para mejor apreciar lo que tenemos, Cisco del alma. Disfruta de cada momento y acuérdate que te deshecharon como a un pingajo, arrojándote sin piedad a donde las garrapatas y las pedradas, el frío y la lluvia, el hambre y las noches tenebrosas.